Absurda ironía

Él, siempre había deseado encontrar a esa mujer que comprendiera todos esos demonios que llevaba dentro. Esos que se habían generado a partir de su caprichosa vida colmada de lujos y placeres. Como habremos de imaginar, él se sentía solo y vacío por dentro, ni el alcohol ni lo más extremo calmaban su inquieto corazón. No había nadie en el mundo capaz de hacerlo sentir humano, todo era artificial y material, vacío como su interior. ¿Existirá realmente alguna chica de buenos sentimientos como las que se muestran en las películas de romance? empezaba a creer que todo es una absurda mentira, estaba esperando en vano que llegara aquella efímera felicidad irrealizable. ¡Estupideces!
Él salió de su casa hecho todo un lío, necesitaba despejarse.

Ella, desde que tiene uso de la razón, ha ignorado todo aquello referente a las relaciones amorosas. Hasta el día de ayer que su compañero de clases había confesado estar enamorado de ella desde hace tiempo. Pero ella era incapaz de sentir algo por él, por ningún hombre había sentido algo relacionado a esa palabra amor. A excepción de su familia. ¿Qué sería amar a alguien ajeno a tu línea sanguínea?

El canto de unos traviesos pajarillos la despertaron de su trance. ¿Será bueno hacer algo diferente a lo cotidiano? se levantó de una de las tantas bancas del parque, meditó brevemente y comenzó a caminar en reversa, despacio, paso a paso; llevando la literalidad al extremo. “¡Seré idiota!” al darse media vuelta se encontró súbitamente con un vendedor ambulante que distraído se encontraba. Irritado, el señor de avanzada edad, empujó a un lado a la chica y siguió su camino.

Al llegar a un parque cercano escuchó un fuerte golpe acompañado de un llanto, un niño había caído al suelo derramando toda su gaseosa sobre el suelo. “Pobre inútil” pensó, pero sin pensarlo fue a ayudarlo y preguntar si se encontraba bien. A pesar de detestar a los niños, no podía evitar sentir pena por ellos cada vez que se lastimaban. El niño no dejaba de llorar y decir que quería a su mamá, su llanto era cada vez más intenso. Aunque se sentía irritado, su lado protector lo obligó a tomar al pequeño desconocido de la mano para ir a buscar a su tan aclamada madre, no obstante, esto solo logró que el niño comenzara a llorar aún más fuerte que antes. “¡No! ¡No! ¡Mami dice que no vaya con extraños! ¡¡Suéltame, suéltame!!” a tiros y jalones, el joven, continuó caminando. Siendo partícipe así de una incómoda escena donde el papel de secuestrador se lo llevaba como anillo al dedo.

Fue entonces cuando el llanto desesperado de un niño la despertó de sus pensamientos. Levantó la mirada y pudo ver cómo un joven alto tironeaba del brazo a un pequeño niño que pedía auxilio a todo pulmón. De su interior emergió un fuerte impulso de hacer algo al respecto, no era posible que se maltratara un niño bajo ninguna circunstancia; su sentido de la justicia emergió desde lo más hondo de su ser. “¡Suelte a ese niño!” exigió sin pensar en las consecuencias de sus actos, pues ella era débil, no medía más de 1.55 metros de estatura y apenas si podía correr una cuadra de distancia sin detenerse. Aún así, se aventuró a interceptar a ese sujeto desconocido. “¿No me escuchó?”

El joven no supo cómo reaccionar después de haber sentido una oleada de irritación al escuchar la chillona voz de una mujer gritando a sus espaldas y, segundos después, quedarse boquiabierto ante la triunfante actuación de esa pequeña fémina. Aún no podía asimilar lo que había sucedido hacía unos minutos atrás:

—¿No me escuchó? —preguntó, aún más exaltada que la primera vez.

Tuvo que detenerse para no atropellar a la pequeñez que se interponía en su camino. Su molestia aumentó un grado.

—Me parece que no comprendes que has sido ignorada, hazte un lado —su mano se dirigió directamente a su hombro para hacerla a un lado.

—Discúlpeme, pero no pienso ser parte de su ignorancia —tomó la mano del joven y evitó ser desplazada del punto donde se había plantado.

El contacto de la piel desconocida de aquella mujer le produjo una sensación de ser recorrido por una corriente eléctrica en una milésima de segundo, desconcertante y, al mismo tiempo, sintiéndose atrapado dentro de una clase de hechizo del que, seguramente, no lograría escapar fácilmente.

—No puedo dejar que te lleves a este mocoso —reaccionó cuando se dio cuenta de que ella estaba intentando llevarse a su único posible buen acto del día.

—Ni yo puedo permitir que lo lleve a no sé dónde, cuando, a leguas, se ve que no es, ni familiar, ni conocido suyo.

—Ni tú eres su familiar —contraatacó, seguro de sí mismo.

—Al menos estoy segura de que yo no le haré daño —tomó la mano del niño, dispuesta a llevarlo a un lugar seguro.

—¿Y quién dijo que yo si?

—No necesita decirlo, sus acciones hablan por sí mismas —clavando la mirada en la grande mano del joven, que sujetaba con fuerza el brazo del niño, dejando a notar un suéter cruelmente fruncido.

En ese momento el niño dio un tremendo puntapié al joven, obligándolo a soltarlo y dedicarle una maldición, en cambio, la chica, sonrió ampliamente y decidió ir tras el pequeño niño, no sin antes dedicarle al desconocido un giño de victoria. Corrió, sin escatimar el asombro  que había depositado en aquel sujeto. Él mismo no podía creerlo, aquella simpleza de mujer lo había dejado sin aliento.

Fue entonces cuando se dio cuenta, aquella mujer tenía algo particular que no había visto en ninguna otra antes: determinación…

Cuando entregó ese niño a su madre, se preguntó si realmente fue la salvadora de ese infante. Si aquel extraño estaba verdaderamente dispuesto a secuestrarlo para sacar provecho de él. Pero, si lo quisiera hacer, hubiera hecho algo para impedir que ella se lo llevara de sus manos.

En fin, lo que no podía evitar era pensar una y otra vez en su rostro. Aunque le parecía familiar, era casi imposible que lo conociera de antes pues, en una ciudad tan grande, las probabilidades de encontrarte con una misma persona más de una vez sin previo consentimiento, eran casi nulas.

Al llegar a casa, se quitó el abrigo, lo dejó sobre el sofá y se fue directo a su habitación para tomar una siesta. Su hermana, dos años menor que ella, llegó efusiva a saludarla y dejó que descansara en la comodidad de su habitación. Esa tarde soñó con aquel muchacho malhumorado, más que cualquier otra cosa, despertó teniendo una sensación de haber tomado su mano nuevamente. De una forma tan real que mantuvo su mirada puesta en su mano durante unos minutos luego de haber despertado. Sentía una extraña necesidad de volver a encontrarse con ese sujeto, entonces se cuestionó: ¿él querría ayudar también a ese pequeño? ¿Acaso había malinterpretado sus buenas acciones? Las manos se fueron directamente a sus labios, como aguantando la respiración, había humillado a ese joven equivocadamente.

Cuando iba llegando al lugar donde lo había visto, se sintió tan tonta que le dieron ganas de reírse de ella misma. Había corrido varias cuadras para ver si un chico que había visto hacía unas horas seguía en el mismo lugar, para así, ofrecerle una disculpa. ¿Era realmente eso lo que quería? Pero la noche amenazaba con llegar y era absurdo que él siguiera ahí.

—Mejor acepta que ese tipo te llamó la atención…

Resignándose, imaginó qué hubiera sucedido si en vez de acusarlo, hubiera dialogado con él. Seguramente hubieran encontrado a la madre del niño, entablado una conversación de lo más trivial y ¿por qué no? Hasta intercambiado números. Pero, ¿a qué venían esos pensamientos ilusos y sin fundamentos? Probablemente sólo quería huir de su realidad, al día siguiente se tendría que enfrentar a la verdad: su decisión. Si aceptaría o no el amor de su compañero de clases. Hace unas horas, quería simplemente olvidarse de todo aquello. Pero ahora, era una chispa de intriga la que la obligaba a pensar en el joven que había conocido esa misma tarde, olvidándose así de su inminente decisión.

Volvió a casa, donde encontró a su hermana echando chispas por la cabeza. Le contó que el vecino había causado mucho alboroto con su música electrónica, no la dejaba concentrarse en sus estudios para su examen final de álgebra. Si de por sí tiene mal carácter simplemente cuándo la interrumpe un poco cuando estudia, ya se imagina el embrollo que se habrá hecho cuando el vecino acabó con su paciencia. Aunque, sea lo que sea que haya hecho mi hermana para callarlo, habrá conseguido lo que quería, pues ahora el vecindario se encontraba en total serenidad. No sé qué vecino habrá sido, ni me interesa mucho, pues nunca he sido social por estos lugares, apenas conozco al perro que se da vueltas en nuestro jardín por las mañanas.

Se sentó a esperar, ¿esperar a qué? Tal vez a que esa chica pasara nuevamente por ahí. ¿Para qué? Por supuesto, exigirle una disculpa sería lo que haría primordialmente, después, quizás preguntarle su nombre… su nombre.

¿Enserio importan esas cosas? Empezaba a creer que se estaba formando una novela en su cabeza, esa sensación de calor en sus mejillas aún no había disminuido, aún tuviera el ceño fruncido, un mar de emociones lo albergaban al mismo tiempo. No sólo el arrogante deseo de humillar a esa fémina para arrebatarle de sus labios un “me equivoqué”, si no la sensible esperanza de que ella fuera lo que estaba buscando. Y ella tenía algo que lo había dejado alucinando durante más de una hora. Y ella no volvería a cruzarse en su camino nunca más.

Volvió a casa.

Luego de cambiar indefinidamente los canales en su televisor, decidió que sería buena idea poner alguna película de acción. Se levantó, buscó entre una infinidad de títulos acomodados en una elegante estantería, se rindió ante su indecisión y volvió a su rutina de cambiar los canales al televisor. Lo apagó, dejó el control sobre una mesita de cristal y tomó otro de los tantos que se hallaban acumulados ahí mismo. Encendió el estéreo y subió todo el volumen que permitían las bocinas. Cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de su música electrónica.

…¿Nos volveremos  encontrar?

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