Viaje del alma

Mi noción de estar despierto es vaga. En ocasiones puedo pensar y observar libremente el lugar en donde me encuentro, siempre el mismo. Pero, en otras, me pierdo y no recuerdo por cuánto tiempo me he ido.

El suave y tranquilo sonido del bosque me impide sentir otra cosa que no sea serenidad conforme transcurren los días y las noches. El viento sopla en ocasiones, provocando una melodía con todo lo que me rodea. Me ayuda a componer música a mí también, y soy feliz.

No estoy solo, pues me acompañan muchos iguales a mí, extendiéndose hasta donde ya no alcanza mi vista. Todos somos diferentes. ¿Yo? soy alto y de espesa cabellera, estoy orgulloso de lo que soy; no obstante, cuando estoy consciente en medio de la oscura noche, siento algo extraño en mi interior que me dice que he olvidado algo, que tengo que salir de aquí. Me dan ganas de moverme y trasladarme hacia otro lugar a gran velocidad, dejar todo atrás, encontrar algo que ni siquiera estoy seguro de que exista. No puedo. Soy un árbol.

Me desperté otra vez, después de uno de esos profundos sueños que llegan a mí sin aviso alguno. Pero, en ésta ocasión, me sentí acompañado por una suave y dulce voz que hablaba de cosas que por un momento creí entender; y por otro, no:

—Parece que el tiempo no existiera cuando estoy aquí —una jovencita se recarga sobre mí—, y es claro, mientras que mi padre no esté gritándome pareciese que la vida es tranquila. ¡Pero cómo odio mi vida!

Entonces, se deja caer sobre el pasto, junto a mí, y echa la cabeza hacia atrás.

—… todo está mal, triste y gris; sin sabor. Todo parece estar mal, pero cuando llego aquí, los problemas dejan de importarme mucho. Es tan extraño —cierra los ojos.

Siento el calor de su cuerpo al contacto con el mío, es tan cálido que se asemeja al suelo cuando es bañado durante horas por los rayos del sol.

—La vida es un misterio; es tan complicado que nadie ha llegado a resolverlo. Y quienes tratan de explicarlo todo ¿cómo explican lo que no han creado?­ —la miro con detenimiento, es un ser pequeño y hermoso— El hombre siempre busca una explicación para todo, y no ha logrado entender nada, siempre surgen más cuestiones…

Nunca había escuchado otros pensamientos que no fueran los míos, son tan diferentes y no los entiendo completamente. Pero no me inquieto, hay algo muy familiar en ella.

—Es más fácil ser tú —¿me habla a mí?— un gran árbol, sin preocupaciones, sin sentimientos, sin vida—, voltea hacia arriba con una sonrisa.

No es cierto, te equivocas. Estás en un claro error ¿cómo puedes decir eso? Tengo vida, un día nací como tú y crecí constantemente; todo alrededor está vivo.

—Seguro que has estado aquí desde hace años, no has sufrido ni lo más mínimo. No te imaginas cómo es mi vida —no entiendo cómo puedes decir que si no he sufrido, no he vivido—, pero ¿qué estoy haciendo? ¡Ni siquiera me entiendes! —se levanta, me recorre con la vista y, aproximándose con lentitud, extiende sus brazos y rodea lo que puede de mí con ellos. Pone su oído sobre mi corteza.

—Eres un árbol enorme ¿sabes?, no importa que no me entiendas, no importa que no te muevas, no importa que no me hables. Mientras sienta que alguien está escuchándome, no importa que me esté volviendo loca.

Estuvo así un corto tiempo, después, se marchó.

Pensé sobre todo lo que me había dicho, y justo cuando entiendo todo, no entiendo nada. Es la primera vez que la veo, pero presiento que ya ha venido en otras ocasiones, probablemente, cuando estaba dormido. ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido? Nunca me lo había preguntado, ni siquiera le había dado importancia.

Después de pasar la noche y la mitad del día, la pequeña joven de cabello marrón llega otra vez; sin embargo, noto algo diferente en su mirada; brota agua de sus ojos. ¿Qué pasará? ¿Algo estará mal?

—Me siento triste, me siento sola, me siento incomprendida. ¡Cómo quisiera morirme! ¡desaparecer! —se desploma sobre el suelo, llorando amargamente.

¡No digas eso! Ningún ser en el mundo debería desear su muerte. ¡Levántate y vive! Entiendo que tu vida no sea fácil, pero no deberías rendirte tan rápido. ¡Escúchame! ¡Deja de llorar!

—Todo está mal, todo está mal… ¡Odio todo! —se levanta, camina y se detiene frente a mí— ¡¡Te odio a ti!!

Una dolorosa punzada me recorre de arriba abajo.

—¡Te odio por ser sólo un estúpido árbol!

Pero yo a ti, no puedo odiarte por ser lo que eres.

—¡Te odio!

¡Yo no puedo odiarte!

—¡Te odio!

¡¡Deja de decirlo!!

—¡Te odio!—me golpea con sus pequeños puños— he venido aquí por dos años, te he contado todos mis problemas, y tú… ni siquiera hablas.

Su llanto se apaga poco a poco, dejando paso a casi imperceptibles gimoteos.

El viento comienza a soplar lentamente haciendo danzar las hojas verdes que yacen en el suelo y la melodía del bosque comienza a cantar en un susurro cálidamente acogedor, enseguida sube el volumen, cantando con más fuerza, luego más fuerte y más fuerte. Las hojas aumentan su movimiento, girando en torno a nosotros, encerrándonos en un torbellino agresivo que pronto termina arremetiendo contra nosotros.

Calma total.

—Pero ¿Qué acaba de pasar? —pregunta ella, sintiéndose desconcertada.

—El espíritu del bosque se ha molestado contigo, y no puedo culparlo…

Un grito se escapó de los labios de la pequeña.

—¿Quién ha sido? —voltea a todos lados, asustada—¡Esto no es gracioso! ¡¿quién está ahí?!

—¿Me has escuchado?

—Sí, te he escuchado, sal de ahí y deja de espiarme —camina alrededor de mí—. No es divertido…

—Aquí estoy, en frente de ti —voltea a verme, incrédula— ¡Ah! no, no, no. Esto no debería estar pasando. No deberías escuchar mi voz. Tú no deberías hablar.

—¡No puede ser cierto! —da un traspié y casi cae al suelo.

—Pase lo que esté pasando, es cierto. Y tú, pequeña, me debes una disculpa.

—¡Ahora sí me volví loca! —pone ambas manos en su cabeza y camina en círculos— He perdido el juicio, me encerrarán en el psiquiátrico y…

La chica balbucea mientras agita los brazos continuamente, de pronto, se detiene en seco y voltea a verme con los ojos muy abiertos.

—¿Desde cuándo?—pregunta— ¿desde cuándo estás consciente?

—Ayer, sí, así es —busco algo más en mis memorias— .Estuve dormido durante dos años, según lo que has dicho. Pero no me pareces una desconocida, creo recordar algunas cosas.

—E-entonces, ¿to-todo éste tiempo has estado escuchándome? —su rostro se sonroja y agacha la mirada—. Perdón…

—Tal vez me odiarías menos si dejaras de contarme tus problemas.

—Entonces, ya no vendré más. —dice con dificultad.

—¿No entiendes? Puedes venir, pero cuéntame lo bueno de ti, deja de llorar y ser tan cobarde.

Por un momento creo que se ha molestado por el comentario pero, para mi sorpresa, comienza a reír y se abalanza hacia mí para darme un efusivo abrazo.

—No puedo creer que esté pasando esto. Es una señal. Tienes razón, eso haré ¡te prometo que a partir de mañana te contaré puras cosas buenas!

Y así fue. A partir del día siguiente comenzó a contarme todo lo alegre que recordaba desde que había nacido; comenzábamos a descubrir un lado diferente de su vida. A pesar de los problemas nuevos que surgían en su caminar diario, ella siempre intentaba darme una buena cara mientras descubría algo positivo a lo que le estaba pasando. Era como si entendiera que hasta las hojas que caen de mí, al suelo, llevan una utilidad más allá de morir; forman parte de la tierra y le brindan nutrientes para dar vida nuevamente.

Los días y las noches transcurrían de forma diferente. Las noches; eternas. Los días; fugaces. Cuando estaba con ella encontraba todo divertido, aprendía cosas nuevas y comprendía que los humanos no eran siempre desdichados y tristes, como algún día lo creí. Cuando ella no estaba me dedicaba a recordarla e imaginar cómo era su vida fuera del bosque, en su hogar, en ese lugar llamado escuela donde aprendía cosas que los humanos habían inventado, y en los parques, donde había árboles como yo conviviendo con humanos día y noche. A veces lo sentía tan real como si ya lo hubiera vivido, como si lo ajeno ya fuera conocido.

No sé cuánto tiempo exactamente ha transcurrido, antes no me importaba, pero ahora más que nunca desearía saber la noción del tiempo, como los humanos. Hace días que ella no se pasa por aquí.

—¿Qué le ha pasado a tu cabello? —pregunto en cuanto la veo llegar.

—Me lo he cortado ¿te gusta? Todas mis amigas me dicen que me veo muy nice con el cabello arriba de mis hombros.

—Te vez muy diferente, por poco no te reconozco.

—Debe ser por el maquillaje, estoy aprendiendo apenas. De eso se trata, verme diferente, de eso se tratan los cambios. ¿Me veo guapa?

—¿Maqui…? Pues detesto los cambios, te vez ridícula con esas manchas en los ojos y…

—¿Y qué? ¿Ahora vas a decirme que fue una tontería cortarme el cabello?

—Pues sí lo fue.

—Pero, ¿cómo esperaba que me entendieras si tú no estás dispuesto a los cambios? ¡Siempre estás en el mismo lugar! —comienza a reír, pero se detiene— .Perdón… fue un mal chiste, creo que me malacostumbro a cuando estoy con mis amigas. Tal vez tengas razón, pero lo hecho,  hecho está.

—No entiendo por qué te tienes que malacostumbrar si son tus amigas, yo creo que los amigos deberían ayudarse a ser mejores.

—Claro, sigue viviendo en un cuento de hadas. —dice en tono sarcástico.

—… como nosotros. —concluyo, con un extraño sentimiento que invade el lugar.

—Hablemos de otra cosa —saca algo de su mochila y comienza a limpiarse la cara— anda, perdona si te he ofendido. Ya me he quitado el maquillaje ¿lo ves?

—Así me gustas más, ven, recárgate un poco en mí —la muchacha obedece con una sonrisa—. Dime, ¿cuánto tiempo ha pasado desde aquello?

—¿Te refieres a cuándo hablamos por primera vez? Ha pasado un año y medio. Más claramente: 547 días. Hoy, primero de julio, es mi cumpleaños 16. ¡Valla! Te conozco desde hace tres años y medio.

Me abraza alegremente diciendo que siempre estaremos juntos. Sonrío, o lo haría si pudiera.

—Feliz cumpleaños —digo y ella voltea a verme— ¿Qué pasa? Tú me has contado que se felicita cuando se cumple años, o al menos ustedes lo hacen.

—Me sorprendiste, gracias —se sienta sobre el pasto y deja que el viento acaricie su rostro— ¿Cuántos años tendrás tú? Te ves muy viejo.

—Pero aún me siento joven, la edad de nosotros es diferente a la suya. Ambos estamos comenzando a vivir.

—Con que apenas comenzamos a vivir… —recarga nuevamente su espalda en mi tronco y cierra los ojos como dispuesta a dormir por un largo tiempo. Su rostro angelical es adornado por algunos rayos de sol que se escaparon de entre  mi follaje de hojas; su cabello se balancea al son de la música que produce el bosque; su cuerpo ha crecido un poco, pero sigue siendo pequeña ante mis ojos. Como desearía poder continuar la vida entera junto a ella. Como desearía que jamás tuviera que separarme de ella.

Todo comienza a desvanecerse, tornándose oscuro, y también el sonido se apaga.

Desperté después de haber tenido un sueño extraño, miré alrededor y noté un gran cambio en el bosque,  ahora escasea el verdor; la cantidad de árboles ha disminuido considerablemente. El bosque está muriendo.

—Pero, ¿qué ha pasado aquí? —pregunto sin recibir respuesta.

No sé por cuanto tiempo dormí. Tal vez fueron días, meses o hasta años. ¿Dónde está ella? Comienzo a preocuparme. ¡No debí haber dormido!

—Han sido ellos —dice una voz misteriosa—, los humanos invaden territorio, no les importa lastimarnos. Son seres traicioneros, gracias a nosotros viven y los malagradecidos nos destruyen poco a poco.

—Pero, no todos son iguales. Ella es diferente —le contesto al viejo roble que se encuentra a unos metros de mí.

—Si es ella tan diferente, haz que detenga esto. Demuéstrame que es distinta.

—Lo haré, ella detendrá ésta locura.

El tiempo sigue su rumbo con pesadez, cada vez que el sol llega a la cima del cielo yo presto atención a lo que sucede en el bosque. Sin embargo, entre más días pasan, mi esperanza se apaga poco a poco. “Es diferente, es diferente…” me repito.

—El último sueño que tuve fue extraño, me encontraba encerrado en un lugar sin cielo. Todo era de color blanco y mi cuerpo era distinto, alrededor de mí había personas llorando y mencionando un nombre que no recuerdo. Me tocaban, me abrazaban y platicaban cosas que no entendía. Un sonido molesto era el que predominaba en el lugar. Pip, pip, pip

—Un hospital, soñaste con un hospital —la dulce voz de ella suena cerca de mí.

—¡Estás aquí! ¡Volviste! —expreso con suma alegría— …has cambiado.

—¿Cuánto tiempo pensabas dormir? Ha pasado un año, pensé que jamás regresarías —su voz se entrecorta—.Tengo tantas cosas buenas que contarte —se limpia las lágrimas y me abraza con ternura.

—Yo tengo una petición que hacerte. —sentencio con seriedad.—Tienes que salvar el bosque, o lo que queda de él. ¡Está muriendo!

—No, es imposible. Nadie puede contra los taladores clandestinos.

—Entonces despídete de mí, no me queda mucho tiempo

—No digas eso, te salvaré a ti —pero me niego—, ¿cómo le voy a hacer?

—Encontrarás la forma, ¡Corre! ¡No vuelvas hasta que tengas una solución!

Y empieza a correr hasta que la pierdo de vista. Sus ojos lloraban y sus manos temblaban al despedirse, dijo que podía pasar mucho tiempo antes de ver resultados. Pero aun así no cambié de decisión, ella no podría volver hasta cumplir la promesa. Entonces, le demostraría al bosque y al mundo entero que ella era diferente.

Apenas brotó el alba en el cielo y esos taladores aparecieron, sin remordimiento alguno comenzaron a cortar aquellos árboles que me habían acompañado desde hace años. Aquellos árboles que habían soportado tormentas, nevadas y lluvias torrenciales. Aquellos árboles que daban vida al bosque, a los animales y hasta a los mismos verdugos que los están sentenciando a muerte.

Observé al viejo roble que me advirtió tiempo atrás. Unos hombres se acercan a mí con grandes hachas para cumplir con su tarea. Recuerdos fugaces llegan a mi mente mientras perforan poco a poco mi corteza, el dolor que se siente es profundo, sofocante. Todas mis ramas se estremecen. El corte es tan hondo que siento que mi alma está a punto de romperse en pedazos. Me desplomo en el suelo. Un terrible vértigo invade todo mi cuerpo y comienzo a perder el conocimiento. Te extrañaré…

—¡Ha despertado! ¡Ha despertado! —grita una voz— vengan, acérquense.

Un conjunto de personas me miran curiosamente, unos sonriendo, otros llorando.

—¿Dónde estoy?  —observo la habitación, a los residentes, y a mí mismo.

—Tranquilo hijo, tuviste un accidente automovilístico hace 4 años. Has estado inestable desde entonces, pero sabíamos que te recuperarías…

—Shht, demasiada información, no lo agobies, mujer —la sentencia un hombre de avanzada edad.

Así, persona tras persona, se acercan a hablarme como si me conocieran desde siempre. Un sujeto de vestimenta blanca pide que me dejen descansar.

Después de mi recuperación, mi familia y yo nos trasladamos al pueblo natal de mi padre. Un lugar pacífico en vías de desarrollo donde, según mis padres, podremos pasar unas tranquilas vacaciones invernales.

Camino por las calles del pintoresco poblado. Llego hasta una reserva ecológica como atraído por una fuerza magnética. Observo el paisaje que se extiende detrás de una enorme malla que protege el lugar.

—¿Se te ofrece algo? —una joven de largo cabello marrón se dirige a mí con autoridad— .No eres de aquí ¿cierto?

—¿Nos conocemos? —pregunto al instante que nuestras miradas se cruzan y nos rodea una ligera brisa otoñal.

—No estoy segura…—el canto del bosque, en sintonía con esa agradable y dulce voz, denota un misterio ansioso por ser resuelto. —¿Tú eres…?

Ahnira Sang

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