Myself (1/5)

Capítulo 1
Fin

Ambas se encontraban ahí, sentada una a lado de la otra, encerradas en aquel auto plateado que tanto tiempo las había acompañado. Lo único que mediaba entre ellas era el melancólico adiós a esa vida que llevaban, adiós a todos los momentos que vivieron ahí, y a todo lo que se encontraba a su alrededor. No hablarían, pues comenzarían de nuevo una discusión, y ambas lo sabían.
Un pequeño ruido interrumpió su incómodo silencio, el pequeño golpeteo de los dedos al tocar la ventana del lado del piloto. La señora bajó el vidrio para ver mejor al muchacho que las molestaba en aquel momento.
—¿Necesitas algo? —preguntó fríamente.
—Solo quiero hablar con su hija —agachándose un poco para verla.
—Ella no quiere…
—Madre —interrumpió la joven con un deje de enojo— yo también puedo hablar…
Salió del auto rápidamente y se acercó al muchacho, su madre hizo lo mismo. Intercambiaron miradas, y el aire se volvió tenso.
—Te dije que no quería volver a verte —exclamó la chica.
—Pero…
—No importa lo que digas ahora, es simple. ¿Acaso no lo entiendes? —dijo furiosa.
—Entiendo, simplemente vine a decirte algo, escúchame por favor —serenando a la joven.
—Ya lo he dicho, y no me retractaré
—La has escuchado —intervino la señora.
—Pero yo no he terminado —tomó la muñeca de la chica—. No, no te vallas. Tienes que escucharme, ya estoy harto de que me evites.
—¡No quiero saber nada! —forcejeó
—¡Tienes que escuchar!
—¡Ya basta! —exigió la madre de la joven
—Yo estoy cansada de todo esto… —se soltó y entró al carro, esta vez del lado del piloto.
La señora decidió subir al auto rápidamente mientras su hija arrancaba, lista para irse en cualquier momento.
—¿Por qué? —preguntó el joven mientras la chica subía el vidrio de su ventana.
Apenas iba a cerrarse completamente cuando la muchacha volteó repentinamente para pronunciar las siguientes dos palabras:
“Te quiero”
Palabras que entraron en los oídos de aquel joven, formando un fuerte eco y logrando que el tiempo se volviera lento. Era lento, hasta que se dio cuenta de que el auto comenzaba a avanzar, para alejarse y nunca volver. Y eso era lo que menos deseaba en su vida, que se alejara llevándose a quien más quería en ese preciso momento.
Sus piernas reaccionaron de forma lenta pero, en cuanto el mensaje fue asimilado por ellas, comenzaron a correr lo más rápido que podían. Correr, correr sin más tras ese carro, no quería verlo perdido y nunca saber más de ella. Pero fue inútil. Por más que corriera nunca lo alcanzaría. Se detuvo con algo de esfuerzo y comprendió que eso era un fin. El fin que tanto había temido.

Yacían detrás de ellas algunas maletas, las otras ya habían sido enviadas a su destino. La carretera se extendía ante sus ojos, y su madre se encontraba sentada a su lado con una expresión de notable molestia. No era necesario que dijera nada para enterarse de que su mamá estaba de cierta manera conforme con todo aquello pues era lo que siempre había deseado, verlos separados, pero ese último encuentro no fue muy agradable para ella. Odiaba a ese muchacho, no podía verlo ni en pintura, y su hija lo sabía perfectamente. Y lo que le molestó más, fueron las palabras que le había dedicado al joven.
—¿Qué significa eso último? —la señora de cabellos castaños dijo al fin.
—Nada —sin dejar de mirar a la carretera.
—Me debes una explicación.
—No tengo que explicarte nada.
—Hija, no lo volverás a ver jamás —pausó un momento— ¿Entiendes?
—Entiendo. No tienes que volver a decirlo, lo entiendo muy bien.
—Me alegra escuchar eso…
—Que egoísta —susurró la joven, enojada.
—Ese no es un buen muchacho para ti, créeme que hago todo esto por tu bien. Quiero que seas feliz…
La chica frenó bruscamente luego de escuchar esas palabras.
—¡Quiero que seas feliz!, ¡quiero que seas feliz!, es lo único que te escucho decir —gritó histérica— ¡Pero no haces nada bueno para mi! ¿Acaso sabes lo que me hace feliz?
—Hija, ¡cálmate! —la tomó del hombro
—¿¡Calmarme!? ¿Cómo deseas que me calme si tu lo único que has hecho… —una lágrima logró escapar de sus ojos.
Tomó el volante y continuó manejando, esta vez a una velocidad mayor.
—Hija, tranquilízate.
Pero ella no respondió nada, estaba tan furiosa en ese momento. Ya había sido mucho tiempo el que había aguantado las injusticias de su madre, sus deseos egoístas habían llegado hasta el punto de hacerla sentir la persona mas infeliz del mundo. Y estaba cansada, cansada de que manejaran su vida a su antojo y conveniencia, cansada de siempre seguir sus órdenes sin oponer fuerza alguna.
La velocidad aumentaba y su madre trataba de calmarla en vano.
Un ruido estruendoso logró sacarla de ese trance, una sacudida brusca, un fuerte dolor. Todo se volvió de color blanco.

Ahnira Sang

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