Myself (5/5)

Capitulo 5

Comienzo

—¡No! —gritó ella cuando empezó a notar que el muchacho se desvanecía poco a poco, y lo abrazó, lo abrazó con desesperación. —No te vayas… —No podía irse y dejarla ahí sola, aún tenía mucho qué preguntarle. Cerró los ojos con fuerza  mientras se aferraba a él, no lo soltaría.

Pasaron unos minutos, cuando se rompió el silencio.

—Puedes soltarme —el joven la miraba con ojos serios.

Mónica abrió los ojos y encontró de nuevo el ajetreo de la ciudad. Habían vuelto.

—Me quedaré solo un poco más, pero tengo que volver a donde pertenezco —apartó a la chica cuidadosamente.

—¿A dónde tienes que ir? —mirándolo fijamente.

—Yo ya no pertenezco a éste mundo, al de los vivos. En cambio tú, tienes que aprender a vivir…

—¿No puedes hacer lo que te he pedido? —preguntó, desalentada.

—Eso no lo puedo hacer. No tengo el poder de hacerlo aunque quisiera.

—No puedo vivir. No aquí, ¿Por qué me trajiste aquí?

—Tienes que hacerlo, comenzar de nuevo. No puedes quedarte en el que era tu tiempo actual, de lo contrario, su esfuerzo habrá sido en vano. El dio su vida por ti, ahora tienes que vivir. —La chica lo miraba, en espera de algo más, pero él sabía muy bien que la información que podía darle era limitada.

El joven suspiró al fin —Mi trabajo consistía en mantenerte a salvo —caminando lentamente—, llevarte a algún lugar seguro. Era imposible que te quedaras en ese espacio-temporal, y te traje hasta aquí.

—Pero, aquí estoy sola…—sumamente triste, expresó.

—No lo estas, te llevaré a tu hogar.

Y la llevó. Ahora vivía en un amplio departamento que su madre se encontraba pagando desde el extranjero, y sus estudios universitarios habían sido terminados cuando estaba fuera del país. Pero, a pesar de que las pruebas de todo se encontraban ahí, no recordaba nada, esos cinco años eran un misterio para ella. ¿Qué había sucedido?

Ambos recorrieron el departamento, Mónica miraba extrañada cada detalle que residía en el lugar. Había muchas cosas que lograba reconocer, sin embargo había otras que no. En efecto, hace poco se había establecido en el lugar, pues algunas cajas con equipaje seguían ahí. Y a pesar de todo, parecía tan solitario.

Tenía que empezar nuevamente.

—Yo… —dijo ella en voz baja— cumpliré su deseo…

El joven mantenía su silencio.

—Ahora viviré correctamente, seguiré adelante —abrió una puerta corrediza que daba al balcón y el viento nocturno acarició su rostro— no entiendo muchas cosas, pero sé que encontraré las respuestas.

Era tiempo de cambiar, ahora podía hacer lo que nunca pudo en aquel tiempo. Y ya no huiría de nada, enfrentaría a lo que se tuviera que enfrentar, superaría cada obstáculo y no dejaría que nadie la manejara a su antojo. Tenía que vivir, tenía que decirse “Hola” a sí misma.

—Entonces mi trabajo aquí ha terminado —expresó él con serenidad mientras se acercaba a la chica—, adiós.

—Gracias, ¿Cómo puedo recordarte? —aún no sabía su nombre.

El joven de ojos avellana la miró con ternura durante unos segundos que habían parecido una eternidad, sonrió dulcemente y, pronunció al tiempo en que se desvanecía, dos sinceras e inolvidables palabras: Te amo.

Ella abrió grandemente los ojos e intentó detener su partida, pero ésta vez no lo logró y terminó de rodillas sobre el suelo. Unas finas lágrimas brotaron de sus ojos al tiempo en que sonreía y se abrazaba a sí misma. Sólo pensando en lo agradecida que se encontraba con él.

—También, te amo…—ahora lo reconocía.

 Almorzaba plácidamente en una cafetería familiar, mientras sus compañeras no dejaban de parlotear sobre las estadísticas de población y las cifras de habitantes que habían sido arrojadas  por el censo del año pasado. En fin, no prestaba mucha atención a lo que estaban hablando, solo se limitaba a disfrutar de los alimentos que tocaban su paladar.

—¡Hablando de eso! —dijo la joven de cabellos cobrizos— Mónica, ¿ya van seis meses desde que volviste a la ciudad, no?

—Ah, sí —dijo todavía con comida en la boca— la verdad es que ya extrañaba… —se detuvo a pensar por un momento.

¿Extrañaba la ciudad? Cierto, había vuelto porque no aguantaba estar tanto tiempo a solas con su madre, así que decidió volver en cuanto había acabado la universidad. Su madre no quería dejarla ir, puesto que se sentiría sola sin ella, pero al final aceptó porque ya era hora de que se independizara y eligiera su propio camino.

—Así que ya extrañabas la ciudad ¿Eh? —dijo su otra compañera, ésa que había conocido hace poco— ¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

Pero, ¿Por qué había dudado?, era extraño pensar en que a veces se le olvidaban algunos detalles. Detalles que, por muy pequeños que fueran, sabía que no debía olvidarlos, pero cuando menos se daba cuenta ya se encontraba ahí, intentando recordar algo que había desaparecido de su memoria.

—Cinco años, fue un largo tiempo, ni siquiera yo esperaba volver algún día —sonriendo metió el ultimo bocado de tarta a su boca.

—Pero aquí estas, amiga —expresó con alegría la mujer de cabello cobrizo—, te extrañaba tanto, Mónica.

—Y yo a ti, Ana —le dedicó una sonrisa, luego miró su reloj de muñequera—. Chicas, lo siento pero a mi se me va haciendo tarde, tengo que irme. Aunque sea a unas cuantas cuadras de aquí, no me puedo dar el lujo de llegar tarde —riendo—.  Aquí les dejo el dinero, nos vemos.

—¡Nos vemos, Mony! —expresaron ambas chicas mientras agitaban sus manos para despedir a la empresaria.

Era cierto, había extrañado tanto esa ciudad. Pero fue muy duro volver y enterarse de tantas cosas. Como la muerte de Sebastián, no esperaba que ese accidente hubiese sucedido justo el mismo día de su partida. Pero ella jamás se percató, si no le hubiera llevado la contra a su madre en aquel momento cuando decidió tomar otro camino hacia el aeropuerto, tal vez ellas hubieran sufrido de igual forma aquel accidente. Sin embargo, no podía dejar de culparse por aquello, si hubiera hablado con él en ese momento, podría haberle salvado la vida.

Ella pensaba que Sebastián había intentado llegar al aeropuerto para evitar su partida. Pero a causa del accidente nunca llegó. Mónica se fue sin decirle mucho a sus amigos, solo quería huir de todo. No contactó con nadie, hasta que volvió, cinco años más tarde.

Ahora tenía un trabajo nuevo. Tenía que hacer todo lo posible por conservarlo. Imposible, iba a llegar tarde. Se detuvo en un paso peatonal, esperando la oportunidad de cruzar la calle.

—¿Por qué nunca lloré? —se preguntó a sí misma mientras veía a los autos pasar.

Era extraño, pues no recordaba haber llorado por él, pero al mismo tiempo sentía que sí lo había hecho. Aquello era una de las cosas que sentía que no debía haber olvidado, los primeros días de su regreso eran algo vagos en su memoria.

Pero, ¿de qué se preocupaba ahora? Iba a llegar tarde al trabajo, y si no se apresuraba…

Entonces, con una sonrisa decidida, comenzó su carrera hasta aquel edificio lleno de pantallas publicitarias. Nada arruinaría ese día, ni el resto de su vida.

Ahnira Sang

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