Myself (5/5)

Capitulo 5

Comienzo

—¡No! —gritó ella cuando empezó a notar que el muchacho se desvanecía poco a poco, y lo abrazó, lo abrazó con desesperación. —No te vayas… —No podía irse y dejarla ahí sola, aún tenía mucho qué preguntarle. Cerró los ojos con fuerza  mientras se aferraba a él, no lo soltaría.

Pasaron unos minutos, cuando se rompió el silencio.

—Puedes soltarme —el joven la miraba con ojos serios.

Mónica abrió los ojos y encontró de nuevo el ajetreo de la ciudad. Habían vuelto.

—Me quedaré solo un poco más, pero tengo que volver a donde pertenezco —apartó a la chica cuidadosamente.

—¿A dónde tienes que ir? —mirándolo fijamente.

—Yo ya no pertenezco a éste mundo, al de los vivos. En cambio tú, tienes que aprender a vivir…

—¿No puedes hacer lo que te he pedido? —preguntó, desalentada.

—Eso no lo puedo hacer. No tengo el poder de hacerlo aunque quisiera.

—No puedo vivir. No aquí, ¿Por qué me trajiste aquí?

—Tienes que hacerlo, comenzar de nuevo. No puedes quedarte en el que era tu tiempo actual, de lo contrario, su esfuerzo habrá sido en vano. El dio su vida por ti, ahora tienes que vivir. —La chica lo miraba, en espera de algo más, pero él sabía muy bien que la información que podía darle era limitada.

El joven suspiró al fin —Mi trabajo consistía en mantenerte a salvo —caminando lentamente—, llevarte a algún lugar seguro. Era imposible que te quedaras en ese espacio-temporal, y te traje hasta aquí.

—Pero, aquí estoy sola…—sumamente triste, expresó.

—No lo estas, te llevaré a tu hogar.

Y la llevó. Ahora vivía en un amplio departamento que su madre se encontraba pagando desde el extranjero, y sus estudios universitarios habían sido terminados cuando estaba fuera del país. Pero, a pesar de que las pruebas de todo se encontraban ahí, no recordaba nada, esos cinco años eran un misterio para ella. ¿Qué había sucedido?

Ambos recorrieron el departamento, Mónica miraba extrañada cada detalle que residía en el lugar. Había muchas cosas que lograba reconocer, sin embargo había otras que no. En efecto, hace poco se había establecido en el lugar, pues algunas cajas con equipaje seguían ahí. Y a pesar de todo, parecía tan solitario.

Tenía que empezar nuevamente.

—Yo… —dijo ella en voz baja— cumpliré su deseo…

El joven mantenía su silencio.

—Ahora viviré correctamente, seguiré adelante —abrió una puerta corrediza que daba al balcón y el viento nocturno acarició su rostro— no entiendo muchas cosas, pero sé que encontraré las respuestas.

Era tiempo de cambiar, ahora podía hacer lo que nunca pudo en aquel tiempo. Y ya no huiría de nada, enfrentaría a lo que se tuviera que enfrentar, superaría cada obstáculo y no dejaría que nadie la manejara a su antojo. Tenía que vivir, tenía que decirse “Hola” a sí misma.

—Entonces mi trabajo aquí ha terminado —expresó él con serenidad mientras se acercaba a la chica—, adiós.

—Gracias, ¿Cómo puedo recordarte? —aún no sabía su nombre.

El joven de ojos avellana la miró con ternura durante unos segundos que habían parecido una eternidad, sonrió dulcemente y, pronunció al tiempo en que se desvanecía, dos sinceras e inolvidables palabras: Te amo.

Ella abrió grandemente los ojos e intentó detener su partida, pero ésta vez no lo logró y terminó de rodillas sobre el suelo. Unas finas lágrimas brotaron de sus ojos al tiempo en que sonreía y se abrazaba a sí misma. Sólo pensando en lo agradecida que se encontraba con él.

—También, te amo…—ahora lo reconocía.

 Almorzaba plácidamente en una cafetería familiar, mientras sus compañeras no dejaban de parlotear sobre las estadísticas de población y las cifras de habitantes que habían sido arrojadas  por el censo del año pasado. En fin, no prestaba mucha atención a lo que estaban hablando, solo se limitaba a disfrutar de los alimentos que tocaban su paladar.

—¡Hablando de eso! —dijo la joven de cabellos cobrizos— Mónica, ¿ya van seis meses desde que volviste a la ciudad, no?

—Ah, sí —dijo todavía con comida en la boca— la verdad es que ya extrañaba… —se detuvo a pensar por un momento.

¿Extrañaba la ciudad? Cierto, había vuelto porque no aguantaba estar tanto tiempo a solas con su madre, así que decidió volver en cuanto había acabado la universidad. Su madre no quería dejarla ir, puesto que se sentiría sola sin ella, pero al final aceptó porque ya era hora de que se independizara y eligiera su propio camino.

—Así que ya extrañabas la ciudad ¿Eh? —dijo su otra compañera, ésa que había conocido hace poco— ¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

Pero, ¿Por qué había dudado?, era extraño pensar en que a veces se le olvidaban algunos detalles. Detalles que, por muy pequeños que fueran, sabía que no debía olvidarlos, pero cuando menos se daba cuenta ya se encontraba ahí, intentando recordar algo que había desaparecido de su memoria.

—Cinco años, fue un largo tiempo, ni siquiera yo esperaba volver algún día —sonriendo metió el ultimo bocado de tarta a su boca.

—Pero aquí estas, amiga —expresó con alegría la mujer de cabello cobrizo—, te extrañaba tanto, Mónica.

—Y yo a ti, Ana —le dedicó una sonrisa, luego miró su reloj de muñequera—. Chicas, lo siento pero a mi se me va haciendo tarde, tengo que irme. Aunque sea a unas cuantas cuadras de aquí, no me puedo dar el lujo de llegar tarde —riendo—.  Aquí les dejo el dinero, nos vemos.

—¡Nos vemos, Mony! —expresaron ambas chicas mientras agitaban sus manos para despedir a la empresaria.

Era cierto, había extrañado tanto esa ciudad. Pero fue muy duro volver y enterarse de tantas cosas. Como la muerte de Sebastián, no esperaba que ese accidente hubiese sucedido justo el mismo día de su partida. Pero ella jamás se percató, si no le hubiera llevado la contra a su madre en aquel momento cuando decidió tomar otro camino hacia el aeropuerto, tal vez ellas hubieran sufrido de igual forma aquel accidente. Sin embargo, no podía dejar de culparse por aquello, si hubiera hablado con él en ese momento, podría haberle salvado la vida.

Ella pensaba que Sebastián había intentado llegar al aeropuerto para evitar su partida. Pero a causa del accidente nunca llegó. Mónica se fue sin decirle mucho a sus amigos, solo quería huir de todo. No contactó con nadie, hasta que volvió, cinco años más tarde.

Ahora tenía un trabajo nuevo. Tenía que hacer todo lo posible por conservarlo. Imposible, iba a llegar tarde. Se detuvo en un paso peatonal, esperando la oportunidad de cruzar la calle.

—¿Por qué nunca lloré? —se preguntó a sí misma mientras veía a los autos pasar.

Era extraño, pues no recordaba haber llorado por él, pero al mismo tiempo sentía que sí lo había hecho. Aquello era una de las cosas que sentía que no debía haber olvidado, los primeros días de su regreso eran algo vagos en su memoria.

Pero, ¿de qué se preocupaba ahora? Iba a llegar tarde al trabajo, y si no se apresuraba…

Entonces, con una sonrisa decidida, comenzó su carrera hasta aquel edificio lleno de pantallas publicitarias. Nada arruinaría ese día, ni el resto de su vida.

Ahnira Sang

Myself (4/5)

Capítulo 4

Oportunidad

Había caminado por casi una hora sin rumbo alguno, el sol ya se había ocultado y el frío comenzaba a sentirse. Había abandonado a su amigo Eduardo, y ahora no tenía compañía alguna.

Después de aquella larga caminata decidió sentarse en la banca de un parque, ese en el que había llegado a parar luego de tanto buscar. Respiró hondo y trató de relajarse cerrando los ojos y escuchando el balancear de las hojas que se encontraban en lo alto de los arboles. Los pajarillos cantaban mientras buscaban su lugar en ellos; la gente seguía con su vida, todo parecía normal. Todo, excepto ella. Aun intentaba comprender la situación, pero ya no le veía caso darle tantas vueltas al asunto, sola no comprendería nada en absoluto. Ahora, lo importante era encontrar a ese muchacho misterioso que la había llevado a todo esto.

—¿Me buscabas? ­—clavando su mirada avellana en ella.

—¡Me asustaste! ¿Dónde rayos estabas? —notablemente molesta.

—Tienes que vivir —dijo, mirando al cielo.

—¿Disculpa? —todo era cada vez más confuso.

—Tienes que vivir. Eso me dijo él, es un mensaje para ti.

—¿Quién?, ¿de qué me estás hablando? —un silencio se abrió campo entre ellos—… ¿Quién eres tú?

—Te llevaré con él —se levantó y empezó a caminar. La joven lo siguió.

Tal vez ese chico pelinegro no era el indicado para responder a todas sus cuestiones. Decidió entonces aliarse con el silencio, seguro su jefe o quien sea que fuera le explicaría lo que estaba pasando.

Mientras caminaban se lograban ver centros comerciales, restaurantes, hoteles y demás cosas nuevas para ella, su ciudad había cambiado a gran escala. Era sorprendente ver todo aquello, pero lo que fue más sorprendente aún era ver cómo todo aquello desaparecía de su vista y a cambio se posaban cientos de nogales ante ella.

Ahora ambos estaban en el campo, y ella estuvo apunto de gritar del susto. Pero se contuvo, respiró profundo  y se volvió hacia el misterioso joven.

—¿Cómo hiciste eso? —viendo a sus alrededores, que mágicamente habían cambiado—, ¿Dónde estamos?

—Sígueme… —expresó con serenidad.

Se adentraron a la multitud de árboles y, después de unos minutos, salieron por un sendero que conducía hacia un cementerio.

—No, ¡no, no no! —lo detuvo de un brazo—.Yo, ¡yo no entro ahí!

—Está bien, quédate aquí sola. —siguió su camino a paso constante.

—E-espérame. Pensándolo mejor, voy contigo, pero no hagas nada raro.

—¿Raro?

—Sí, esa magia que usas, o desaparecer, o cualquiera de esas dos. —mirando de un lado a otro.

Caminaron durante un rato. El frío ahí era más penetrante que en la ciudad y la única luz que los acompañaba era la que reflejaba la luna. Un aire misterioso se respiraba en el lugar, y Mónica empezaba a perder la calma.

—Aquí —se detuvo frente a una lápida de color más claro de las que habían visto anteriormente.

Ella cesó su caminar, observó al joven, y luego a esa tumba. Se inclinó un poco para ver el nombre que había sido grabado ahí. Luego, con tristeza, pasó la mano por encima de éste. Sobre la fría lápida se encontraba el nombre de Sebastián Feurstein.

—En verdad murió —su corazón dio un vuelco al escuchar sus propias palabras.

El viento sopló con pesadez.

—Hace 6 años ésta persona hizo un juramento, quería proteger a una persona en especial —posó una mano sobre su hombro—. Prometió que cuando fuera el momento justo, detendría el tiempo por ella.

—Detener el tiempo…

—Él sabía lo que iba a suceder en aquel momento, tú morirías en un accidente de tráfico. —ella lo volteó a ver sorprendida— Pero él no podía aceptarlo, era algo que no podía dejar que sucediera. Entonces recordó su juramento, y deseó con todas sus fuerzas poder cumplirlo. Solo se le dio una oportunidad: si lograba retenerte, sus vidas se conservarían, pero si no, uno tenía que marcharse.

¿Lo recuerdas?, él lo intentó, pero no pudo obligarte a hacer nada, te amaba demasiado. Después de subirte al automóvil, el corrió tras de ti, y pensó que no podía ser posible aquello. Lo que más amaba se le escapaba de las manos y no podía hacer nada más, nada más excepto desear que fueras feliz sin su presencia en tu vida. Por supuesto que todo eso era el final que menos había querido, y pedía otra oportunidad, pero era demasiado tarde para obligarte a que te quedaras a su lado. Era egoísta, tan egoísta como todas las personas del mundo. Sin embargo, al final entendió que todavía tenía esa oportunidad que le habían dado.

Tomó las llaves de su auto y se dirigió a la carretera a alta velocidad, tenía que llegar hasta aquel lugar antes que tú y evitar que tu vida se perdiera en ese momento. Llegó, y las vidas que se perdieron aquel día eran justamente las que se tenían que perder. Ni una más, ni una menos, pero con un peculiar desacuerdo con el destino…

Mónica se encontraba en silencio, sus labios temblaban y no lograba articular palabra alguna. No podía creerlo, todo era una locura, una triste locura que no quería aceptar. Imaginar que alguien había dado la vida por la suya, imaginar que él había muerto en su lugar. No podía aceptarlo. Ella debería haber muerto, no Sebastián, Sebastián tenía que vivir.

—Por favor —dijo con una voz débil—… por favor, denme una oportunidad a mí, ese día tenía que morir yo. Devuélvanle a la vida y llévenme a mí, ¡por favor! —tomó al extraño por los hombros.

—No puedo hacer eso…

—¡Por favor, por favor!… —lágrimas corrían por sus mejillas.

—Lo siento.

De pronto todo a su alrededor comenzó a resplandecer levemente, mientras se disolvía en pequeñas esferas que revoloteaban alrededor, emitiendo una luz blanca, invadiendo el lugar por completo.

Ahnira Sang

Myself (3/5)

Capítulo 3

Recuerdos

Se encontraba ahí parada en medio de una calle bastante transitada por los habitantes de lo que parecía ser su ciudad natal. Aunque no entendía nada excepto que se encontraba acompañada por un completo desconocido, una persona a la cual no lograba reconocer aún, seguía controlándose para no ser una presa más del pánico.

—Soy Eduardo, ¿no me recuerdas? —con una sonrisa— tú sí que no has cambiado nada.

—¿Eduardo? Espera un minuto, ¿enserio? —comentó sorprendida— no te reconocí, ayer te veías…

El primer acompañante posó una mano sobre el hombro de la chica.

—Si, el ayer fue el ayer y el hoy… ¡Vamos a disfrutarlo nena! —expresó el moreno, con emoción— En serio no puedo creerlo.

—Has cambiado demasiado —con una sonrisa en el rostro la chica inspeccionaba el aspecto del que parecía ser un antiguo amigo.

—Ven, tenemos que hablar un montón —sosteniéndola de la mano tomó rumbo hacia una cafetería cercana de ahí.

Se sentaron en una mesa cercana a los ventanales de aquel agradable lugar, Mónica por fin tomaría un respiro.

—Así que dime tú, ¿no habías pisado la ciudad en todo este tiempo? —pausando—, o ¿desde cuándo estas aquí?

Llegó una mesera a atenderlos, pidieron unas bebidas y se retiró.

—Como sea, me sorprendí muchísimo cuando te vi. Pues cuando te fuiste fue como si te hubiera tragado la tierra.

—La verdad yo… —mirando en dirección hacia el otro compañero, que estaba sentado en otra mesa, sólo formó un ademán de silencio al verla.

—En cualquier caso, después de que Enrique se mudó de igual forma que tú, todos comenzamos a tomar rumbos diferentes. —posó ambos codos sobre la mesa— Inés decidió estudiar medicina; Elisa terminó casándose con Héctor que, después de toda esa insistencia pensé que simplemente lo echaría a volar; Armando consiguió seguir con el futbol después de algunos problemas familiares; Ana y Verónica dejaron de hablarse luego de que Verónica logró entrar a la universidad, en cambio Ana, no obtuvo buenos resultados…

—Tantas cosas… —mientras miraba el servilletero que se encontraba frente a ella—, y Sebas, ¿Qué ha sido de él?, ¿se ha casado?, ¿continuó sus estudios?… ¿sigue viviendo aquí?

El moreno puso una cara de seriedad en cuanto ella lo mencionó.

—¿Eduardo?, ¿qué pasó con él?

—Sebastián, el no…

—¿Qué tiene Sebas? —preguntó nuevamente. En ese momento llegó la mesera y les entregó sus respectivas bebidas— contesta. ¿Qué ha pasado?

 Él tomó el refresco entre sus manos y aguardó un momento.

—Mónica, lo siento. Sebastián falleció hace cuatro años. Pensé que lo sabías. Él tuvo un accidente de tráfico y quedó en coma durante trece meses, pero luego de eso…

—No bromees conmigo —riendo nerviosamente comenzó a jugar con la pajilla de su vaso—, con eso no se juega, anda, dime la verdad.

Eduardo tomó su refresco de cola, guardó silencio. Mónica rompió a llorar. Su cabeza se encontraba hecha un lío, no entendía nada de lo que estaba sucediendo y encima se llevaba esa terrible noticia, ¿podía ser verdad todo aquello? Lo que más deseaba es que fuese mentira, una amarga broma que le estaban jugando.

—No puede ser cierto, no puede ser cierto, no puede ser cierto… —murmuraba entre gimoteos que nuevamente se convirtieron en un llanto desconsolado.

Eduardo solo la veía en silencio, no sabía que decir sin herirla aún mas. Mientras tanto, Mónica respiraba bocanadas de aire tratando de encontrarle algo de lógica a todo lo que estaba sucediendo, hace unas horas había hablado con él y ahora estaba muerto. Después de tanto tiempo de conocerlo, de haber formado buenos y malos recuerdos junto a él, de haberlo querido tanto. Después de abandonarlo.

Cinco años ¿Por qué había perdido todo ese tiempo?, ¿Cómo había transcurrido tan rápidamente? Todo empezaba a dar vueltas en su cabeza, y un escalofrío recorrió su cuerpo. No obstante, había alguien que podía explicarle todo, y esa persona era aquel misterioso joven.  Giró lentamente su cabeza hacía el lugar donde se encontraba y entonces se dio cuenta, él no se encontraba ahí.

—¿Dónde está? —levantándose de su lugar.

—¿De quien hablas? Tranquila…

—Del chico, el que venía con nosotros —buscando con la mirada.

—Espera, Mony, aparte de ti y de mí, nadie más nos acompañaba.

—Sí, llegué aquí con él: alto y cabello negro, venía conmigo desde el principio.

—Estás alterada por la noticia, tranquila, él está en un lugar mejor.

Pero ella dejó de escucharlo y se dirigió afuera, tenía que encontrarlo. No podía abandonarla en esa situación, tenía que explicarle o se volvería completamente loca. Su corazón bombeaba sangre tan rápido que el sonido retumbaba en sus oídos y sus manos comenzaron a temblar, estaba asustada.

Gente caminaba de un lado a otro con prisa, los observaba uno por uno. De pronto una serie de recuerdos invadieron sus pensamientos, de tal forma que parecían empujarse uno a otro hasta que todo se detuvo en uno solo:

Un joven sostenía su mano, encontrándose sentado a un lado de ella sobre el pasto. Era una noche fría y ambos miraban al cielo, admirando las brillantes estrellas que se extendían hacia el infinito.

Me gustaría detener el tiempo en este momento dijo ella.

Lo haré por ti toma su reloj de muñeca y detiene las manecillas.

Aún sigue corriendo el tiempo, tonto.

Te prometo que cuando sea el momento justo, detendré el tiempo por ti….

Ahnira Sang

Myself (2/5)

Capítulo 2

Cambio

Caminaba descalza sobre el duro asfalto. A su lado se encontraba un joven al cual no podía reconocer, pero eso no la desconcertaba. Sentía una tranquilidad inexplicable mientras avanzaban en medio de la oscuridad sobre una larga carretera desierta, pero la luz de la luna los acompañaba, dejándolos ver un poco a su alrededor.

—La vida es un abrir y cerrar de ojos —expresó el joven de cabello negro— cuando menos lo esperas ya estas viviendo, observando. Pero eso no es para siempre y algún día tenemos que morir, cerrar los ojos.

—Eso es… pero si nosotros parpadeamos continuamente, ¿Qué pasa con eso entonces? ¿volvemos a vivir? — expresó ella mientras veía sus pies al caminar.

—Es como un ciclo, gente muere y nace continuamente. A unos les toca ver la luz y a otros la oscuridad.

—¿Y nosotros? —volteándolo a ver.

—La vida es como un sueño, al que no le tomamos importancia y lo dejamos pasar…

—Un sueño muy fugaz, ¿eh?

—Como el agua que tomas entre tus manos, algún día terminará escapándose de ellas —fijaba su mirada en un punto invisible para la chica.

Se quedó en silencio y comenzó a mirar más detalladamente el lugar en el que se encontraban caminando. Nunca había estado ahí, o no lo recordaba haber visto algún día. Notó que no eran las únicas personas que caminaban por ahí, habían algunas más a parte de ellos,  pero ninguna iba en la misma dirección. De pronto se dio cuenta de que dos personas se encontraban sentadas a la orilla de la carretera, sobre el verde pasto y una delgada neblina que se levantaba apenas unos centímetros del suelo. Dos personas conocidas, eran ella y un joven, se veía ella misma platicando felizmente con un muchacho, ese muchacho era…

Pero no se sorprendió, siguió caminando mientras el desconocido a su lado hablaba de cosas que ella apenas entendía, todo se volvía lento y sus oídos de pronto dejaron de escuchar la voz que le hablaba. Al final de la carretera se encendía una luz que se hacía cada vez más fuerte, se acercaba con lentitud y rapidez a la vez. No podía distinguir si era ella la que se acercaba o la luz la que lo hacía, invadiéndola por completo. Cegándola inevitablemente.

Cuando por fin pudo abrir bien los ojos se pudo dar cuenta de que se encontraba en medio de una enorme ciudad, con grandes edificios, autos por doquier, personas viniendo de aquí para allá. El ruido la aturdió de tal forma que la dejó perturbada, posó ambas manos sobre su cabeza y cerró fuertemente los ojos.

—Todo está bien —alguien posó una mano sobre su hombro—, tranquila.

—¿Quién eres tú? —preguntó después de haberlo visto unos segundos, era el mismo chico de ese sueño tan extraño que había tenido. Pero ahora ella se encontraba más consiente de sí misma— ¿Dónde estamos?

—No es un lugar desconocido para ti —empezó a caminar lentamente—, presta un poco de atención…

La chica lo siguió mientras miraba con atención aquellos edificios que se alzaban frente a ellos, claramente era un lugar desconocido. Sin embargo, notó algo familiar en todo aquello, no era del todo diferente a algo que ya había conocido anteriormente. Aquella tienda; aquel parque que a lo lejos se divisaba; aquellas calles. Todo encajaba perfectamente. Pero, ¿Cómo podía ser eso cierto?

—¿Te has dado cuenta? —preguntó con una sonrisa el extraño joven de ojos avellana.

—No… ¿Cómo es posible?, esta no es mi ciudad, aquella ciudad que abandoné ayer. Es imposible —desaceleró su paso.

—¿Ayer? —la rodeo por los hombros para que le siguiera el paso—. ¿Puedes ver eso? —apuntó a uno de los edificios mas llamativos, de grandes ventanales, donde posaban varias pantallas de publicidad. En uno venía la fecha del día en curso.

Ella se detuvo sorprendida, no podía creerlo, pero lo veía con sus propios ojos. Era el mismo día del mismo mes, pero con 5 años más agregados al actual. A su actual año. ¿Qué estaba pasando?

—¿Cómo puede ser esto cierto? —preguntó con desconcierto.

—Acompáñame —en respuesta el joven comenzó a caminar.

—¿A dónde iremos? —observaba alrededor, aún impresionada, sin entender nada.

Pero él no respondió, solo se limitó a voltearla a ver con ojos serenos, transmitiéndole un poco de tranquilidad a la joven. A pesar de ser un total desconocido, parecía no ser mala persona, aunque ni siquiera estaba segura de que fuera una persona.

Recorrieron varias manzanas sin pronunciar palabra alguna, el sol ya amenazaba con esconderse y sin embargo los automóviles seguían con su ajetreo diario, como si no hubiera tiempo para descansar en esa ciudad. El chico de cabello oscuro caminaba a paso constante delante de ella, sin reparar en nada de lo que estaba sucediendo, mientras que ella se preguntaba en qué pensaba y como le explicaría todo aquello. Por supuesto que le exigiría una explicación. Y cuando estaba a punto de hacerlo él se detuvo, esa era la oportunidad para preguntarle.

—¿Mónica? —exclamó una voz antes de que ella dijera nada—, sí, ¡eres tu! Vaya sorpresa, no pensé volverte a ver algún día.

Era un joven alto y simpático, de tez morena y un peinado al estilo punk.

—Tú eres…

Ahnira Sang

Myself (1/5)

Capítulo 1
Fin

Ambas se encontraban ahí, sentada una a lado de la otra, encerradas en aquel auto plateado que tanto tiempo las había acompañado. Lo único que mediaba entre ellas era el melancólico adiós a esa vida que llevaban, adiós a todos los momentos que vivieron ahí, y a todo lo que se encontraba a su alrededor. No hablarían, pues comenzarían de nuevo una discusión, y ambas lo sabían.
Un pequeño ruido interrumpió su incómodo silencio, el pequeño golpeteo de los dedos al tocar la ventana del lado del piloto. La señora bajó el vidrio para ver mejor al muchacho que las molestaba en aquel momento.
—¿Necesitas algo? —preguntó fríamente.
—Solo quiero hablar con su hija —agachándose un poco para verla.
—Ella no quiere…
—Madre —interrumpió la joven con un deje de enojo— yo también puedo hablar…
Salió del auto rápidamente y se acercó al muchacho, su madre hizo lo mismo. Intercambiaron miradas, y el aire se volvió tenso.
—Te dije que no quería volver a verte —exclamó la chica.
—Pero…
—No importa lo que digas ahora, es simple. ¿Acaso no lo entiendes? —dijo furiosa.
—Entiendo, simplemente vine a decirte algo, escúchame por favor —serenando a la joven.
—Ya lo he dicho, y no me retractaré
—La has escuchado —intervino la señora.
—Pero yo no he terminado —tomó la muñeca de la chica—. No, no te vallas. Tienes que escucharme, ya estoy harto de que me evites.
—¡No quiero saber nada! —forcejeó
—¡Tienes que escuchar!
—¡Ya basta! —exigió la madre de la joven
—Yo estoy cansada de todo esto… —se soltó y entró al carro, esta vez del lado del piloto.
La señora decidió subir al auto rápidamente mientras su hija arrancaba, lista para irse en cualquier momento.
—¿Por qué? —preguntó el joven mientras la chica subía el vidrio de su ventana.
Apenas iba a cerrarse completamente cuando la muchacha volteó repentinamente para pronunciar las siguientes dos palabras:
“Te quiero”
Palabras que entraron en los oídos de aquel joven, formando un fuerte eco y logrando que el tiempo se volviera lento. Era lento, hasta que se dio cuenta de que el auto comenzaba a avanzar, para alejarse y nunca volver. Y eso era lo que menos deseaba en su vida, que se alejara llevándose a quien más quería en ese preciso momento.
Sus piernas reaccionaron de forma lenta pero, en cuanto el mensaje fue asimilado por ellas, comenzaron a correr lo más rápido que podían. Correr, correr sin más tras ese carro, no quería verlo perdido y nunca saber más de ella. Pero fue inútil. Por más que corriera nunca lo alcanzaría. Se detuvo con algo de esfuerzo y comprendió que eso era un fin. El fin que tanto había temido.

Yacían detrás de ellas algunas maletas, las otras ya habían sido enviadas a su destino. La carretera se extendía ante sus ojos, y su madre se encontraba sentada a su lado con una expresión de notable molestia. No era necesario que dijera nada para enterarse de que su mamá estaba de cierta manera conforme con todo aquello pues era lo que siempre había deseado, verlos separados, pero ese último encuentro no fue muy agradable para ella. Odiaba a ese muchacho, no podía verlo ni en pintura, y su hija lo sabía perfectamente. Y lo que le molestó más, fueron las palabras que le había dedicado al joven.
—¿Qué significa eso último? —la señora de cabellos castaños dijo al fin. Sigue leyendo

El joven origami

Por fin, faltaba poco para iniciar las clases en la preparatoria y esa chica estaba realmente emocionada por ello. Se había propuesto hacer muchos amigos y disfrutar de su nueva estadía escolar, pero, antes de eso, tenía que asistir a un curso para los de nuevo ingreso.

Ese día se levantó con entusiasmo y se preparó para no llegar tarde a la escuela, estaba emocionada y nerviosa a la vez. Todo parecía ir bien, le agradaban las instalaciones y todos aparentaban ser muy aplicados (si, aparentaban).  Ella lo creyó así, todos de cierta manera inteligentes al contribuir con esas clases introductorias, le parecían interesantes y a la vez a hacían sentirse algo inferior. (Gracioso, ¿no?)

Entonces empezó con lo que se había propuesto: conseguir muchos amigos. Ese era su propósito, ser una chica social y divertida, formar a muchos amigos ahí. Y eso era porque, ella realmente no era así, mas bien lo que la caracterizaba era el ser alguien introvertida y callada. Todos en la secundaria tenían esa perspectiva de ella, o al menos la mayoría.

Bien, era hora de cambiar, ella quería dar lo mejor de sí y disfrutar al máximo su preparatoria. ¿Qué mejor oportunidad para comenzar de nuevo?

Y así fue, entablando conversaciones en cuanto hubiera oportunidad.

Aún recuerda a la chica con quien formó amistad primero. Si, su nombre era el mismo que el de ella. ¡Valla coincidencia! Era divertida y simpática, empezó a juntarse con ella a partir de ahí.

Los días pasaban y todo parecía ir bien.

Fue entonces, que en una clase tenía ganas de hablar con alguien más, con quien sea, era divertido conocer personas nuevas. Y ¿por qué no? Encontrar a nuevos amigos.

Estaba casi al final de la fila y frente de ella se encontraba un chico, ¿Cuál era su nombre?, no lo recordaba. Pero, lo había visto muy participativo en las clases, tal vez era alguien dedicado. Los prejuicios nunca sobran antes de conocer a alguien, siempre suponiendo el qué o como serán.

La chica de ojos verdes estiró su brazo y tocó el hombro al joven sin pensarlo, era un rato de esos en los cuales no había nada que hacer. Lo único que se le vino a la mente era decir un simple “hola” y agitar su mano animadamente. No le importaba realmente verse tonta o algo por el estilo.  Notó de inmediato que sus ojos eran de color similar a los propios. Entonces empezaron a charlar, y ella invitó a sus recientes conocidos a platicar con ellos. Fue divertido, iban de un tema a otro, siempre acompañando las palabras con risas.

Entre ese grupo de nuevos amigos también estaba otro chico, cabello negro y ojos café, era también simpático y, junto con el chico de ojos verdes, se volvieron amigos en poco tiempo.

Todo iba bien, ya habían empezado las clases y todo parecía marchar a la perfección. Bueno, sin contar el gracioso incidente de que en su grupo había otras tres chicas con el mismo nombre que ella (pero a ella le parecía especialmente divertido), cabe destacar que las tres eran geniales y también entraron en su circulo de amigos.

Ahora se juntaba con dos chicas (Lucía) también con similitud de nombres y otras dos chicas con su mismo nombre. En total eran dos Lucías y tres Kenias, juntándose en el receso a platicar. Era muy  gracioso y se sentía muy bien con ellas.

A lo que vamos, no siempre todo iba a ir bien en este inicio de clases, al principio los dos chicos mencionados estaban peculiarmente apegándose a esta chica, al principio a ella no le molestaba en absoluto. Pero pronto notó como el uno y el otro comenzaban a…  ¿competir? Pero ¿que rayos era eso? Siempre intentaban estar cerca de ella en clase, casi peleando por el lugar junto a ella, cualquier pretexto era bueno para hablar y en su mayoría las platicas eran graciosas pero…

La joven de cabello ondeado y ojos verdes comenzó a cansarse, en veces no la dejaban disfrutar de la compañía de sus amigas y eso la empezaba a frustrar. Tal vez ellos no se daban cuenta, tal vez lo mejor era alejarse un poquito de ellos discretamente. Aunque no todo resultó bien.

Sentía temor de lastimar a alguno de los dos, ella siempre a sido astuta para enterarse de los sentimientos de los demás (eso, o fueron muy obvios) y la verdad no pensaba en tener novio en ese momento.

Ella recuerda muy bien su relación con ambos chicos, eran buenos amigos y se divertían mucho, en especial con el de ojos verdes, por que el otro resultaba ser algo mas… ¿acosador? (sin ofender a nadie). Pero notó que el chico de ojos verdes no salía de las mismas charlas (chistes), comenzaba a molestarle un poco, ¿no se podía tener una charla seria con un amigo como el?, no lo sabía, pero para no lastimarlo tenía que dejar que el formara sus propios amigos. Lo cual era difícil, pues al parecer no sabía mucho sobre socializar. La seguía a todas partes, y también comenzaba a incomodar a sus amigas. Vaya cosas que suceden.

Pasó el tiempo y pronto llegó el día en que el chico se le declarara a la joven, no fue algo romántico, fue más bien incómodo. Antes de esa confesión, los días fueron muy tensos, ella sentía cómo el no dejaba de observarla, lo que la orilló a alejarse aún mas, no solo de el, también del otro chico para no ilusionar a ninguno. No le gustaba jugar con los sentimientos de los demás.

La situación fue aún mas abrumadora para ella porque pareciese ser que ambos jóvenes se hubieran puesto de acuerdo en decirle sus sentimientos a ella, fue un remolino de confusiones que no la dejaban en paz.  Rechazó a ambos.

Enfocándose en el ojiverde, ella le dijo que no podía corresponder sus sentimientos. Puede sonar feo, pero fue como quitarse una carga de encima, pero el sentimiento de culpa nunca tarda en llegar, y menos para esta chica. Prácticamente fue su culpa que el chico se quedara sin amigos, pues la mayoría eran amigos en común.

(…pero, ¿Quién le dijo que les dejara de hablar también?) La chica quería justificarse, pero no podía.

El tiempo pasó y parecía que el chico había entendido el punto, ella se sentía mal al verlo triste, pero no podía hacer nada, puesto que temía darle “alas” de alguna manera. Lo mejor era que el tiempo hiciera lo que tuviera que hacer.

El día en que por fin pudo volverle hablar, fue otro comienzo, ella quería seguir siendo su amiga. Después de todo, aquel chico que hacía figurillas de origami para ella no era malo. Y ella lo sabía, puesto que detestaba cuando lo trataban mal por ser como era.

Entonces, con tan solo unas palabras se podría decir que reconciliaron su amistad, la cual, hasta ahora no ha sido interrumpida. El es su mejor amigo, alguien en el cual puede confiar siempre, una estupenda persona que, está segura, encontrará su felicidad. Una felicidad que no sería solamente un capricho infantil, sino un amor maduro y consciente.

Porque el amor, muchas de las veces, no está donde creemos haberlo encontrado, sino más allá de los espejismos de la ilusión.

Ahnira Sang

En blanco

En blanco

En este preciso momento no sé que pensar, todo es confuso. Pero, ¿acaso es una simple coincidencia? No, en definitiva esa no puedo ser yo. Porque yo no se nada al respecto. Es una broma, ¿cierto?

Espera un momento, algo parece escabullirse de entre mí mas profundo pensamiento, queriendo fluir dentro de mi mente como una vieja cinta de película.

Ahora, se podría decir que el comienzo de todo fue cuando me presenté como voluntaria en la biblioteca del centro sur de mi cuidad. Esa enorme biblioteca que jamás pasará desapercibida ante los ojos de los conductores que recorren diariamente la avenida que se extiende frente a ella.

Recuerdo que ese día llegué con cierto desasosiego, pero amablemente fui aceptada junto con otro grupo de personas. Era el primer día de mi jornada, y la encargada de nosotros era la señora Beatriz quien atendía amablemente su trabajo de forma continua. Al pasar los días, tuve la oportunidad de charlar con ella cuando no había mucho que hacer, pero por lo general era una jefa estricta. También tuve el gusto de conocer a Pedro, el viejo conserje que al parecer trabajaba ahí con un salario mínimo, la causa por lo cual se notaba malhumorado la mayoría del tiempo. Anahí, mi compañera voluntaria,  solía comentar mucho al respecto. No le agradaba ver a las personas esforzarse tanto por un sueldo tan pobre.

¿Cuántos años me habías dicho que tienes? pregunté mientras ordenaba unas fichas que me habían encargado.

Quince, cumpliré dieciséis en Julio respondió con una sonrisa.

Ya veo, aún eres muy joven sonreí, he notado que te tomas esto en serio, comienzo a pensar que eres incluso mas madura que yo.

Reí ante mi comentario y ella amplió su sonrisa.

Tal vez lo sea escribiendo sobre la planilla velozmente, todo puede suceder en esta vida, Katia.

—Si, la vida nos sorprende muchas veces…

Técnicamente, eso es cierto, no todo suele ser relativo a lo que nosotros pensamos en varias ocasiones.

Acomodó sus lentes y giró su cabeza hacia mi, no obstante, desvió su mirada hacia un punto desconocido, a mis espaldas.

Por ejemplo… ese muchacho, desde hace unos días viene a esta hora y los libros que han sido registrados a su nombre son extraños ejemplares científicos. Cualquiera diría que está planeando algo. Pero, yo pienso que está enamorado de ti.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? solté una risilla chiquilla, creo que me equivoqué, no eres para nada madura.

Solo probaba tu intelecto para analizar las cosas levantándose, yo no fui la que propuso esa idea de que casualmente yo fuera mas madura que tú, así que tu propia conclusión fue derrocada por ti.

Se encaminó a dejar la planilla en su lugar, con aire de victoria.

Valla…me había dejado sin palabras, nunca he sido buena para debatir.

En mi curiosidad, me giré lentamente y visualicé al joven que mencionó Anahí. Inmediatamente captó mi atención.

Después de archivar unas fichas más, me levanté y me acerqué disimuladamente. Tomé rápidamente un libro cualquiera de aquel librero cercano a él, y luego de eso di unos cuantos pasos hacia atrás para que se percatara de mi presencia. Sin embargo, mis cálculos erraron y terminé chocando contra el respaldo de su silla. Voltee de inmediato para disculparme pero, por alguna razón, el libro se resbaló de mis manos y le acerté un buen golpe en la cabeza.

Lo siento mucho me disculpé, totalmente avergonzada.

Me miró con sus ojos avellana y mi corazón se sobresaltó. Pensé que iba a matarme, pero cambió su expresión por una suave sonrisa y levantó el ejemplar que lo había golpeado.

No te preocupes pronunció pasivamente, con un acento extranjero.

No era mi intención, yo solo… pensé rápidamente, solo buscaba este libro para mi investigación.

Me devolvió el libro que se había desplomado sobre el suelo.

Gracias tomé asiento. Enserio lo siento mucho

Observé el contenido de su mesa.

Tranquila, no has hecho nada malo.

Veo que te he interrumpido me aproximé a tomar uno de sus libros en mis manos ¿Qué es exacta…

El chico alejó el libro de inmediato.

No es nada interesante, cosas del trabajo expresó con tensión.

Ya veo, debe ser bastante complicado.

­Soy… Marco Mlynowski mirándome fijamente, luego volteó hacia el gran ventanal parece que lloverá hoy, ¿viste el pronóstico del día?

—No, no acostumbro ver televisión contesté inmediatamente… ¿eres de aquí?

¿A que se refiere? porque no vivo aquí, eso se lo aseguro riendo suavemente ¿y usted?

Oh, no. Tampoco vivo aquí acompañé su risa.

Su semblante se tornó un poco más serio, como si hubiera recordado algo triste. Trató de ocultarlo con una sonrisa.

Y, ¿trabaja aquí? La he visto en varias ocasiones.

Ermm… si, digo, no. La verdad es que vengo a hacer voluntariado —según yo, no mentí.

El chico cerró su libreta de notas inminentemente y echó un vistazo a su reloj de muñequera. Volteó alrededor, como buscando algo. El silencio se hizo presente.

-¿T-te gustaría –dijo al tiempo en que se levantaba, pero sus movimientos fueron torpes y empujó sin querer una de las pilas de libros que se encontraban posando sobre la mesa, haciéndolos caer inevitablemente al suelo.

Se apresuró a levantarlos y me acerqué para ayudarlo. Me pregunté qué clase de trabajo tenía esa persona.

Ah, que desorden exhaló y volvió a sentarse, soy un desastre.

No te preocupes, yo también soy algo torpe tomé asiento. Si te pones a pensarlo, es divertido. Quizá en el momento no mucho, pero si te pones a recordar…

Sí, recordar… expresó con nostalgia.

Mi comentario lo había incomodado, o eso creía yo. Así que decidí arreglarlo.

Pero, no todo en la vida es recordar, también es bueno pensar en el futuro alcé mis manos para denotar mi comentario. De todas formas el pasado queda atrás, las cosas se olvidan. En especial a mi se me olvidan, ¿no es gracioso? Querer acordarte de algo y poner esa cara extraña hice la cara extraña mientras posaba la mano en mi barbilla.

Logré que el chico riera después de eso. Sin embargo, en su mirar aún notaba tristeza.

Ese collar que llevas puesto, es una pequeña espada ¿verdad?

toqué el collar con mis dedos, me gusta mucho y jamás me lo quito.

¿Alguna razón en especial?

De pronto, un fuerte golpe se escuchó. Nos sobresaltamos y buscamos su origen. Era el señor Pedro, que había dejado caer el trapeador accidentalmente.

Nos miró a ambos con mala cara, en especial al chico. Levantó el objeto y se retiró a continuar con su trabajo.

¿Qué me decías? —pregunté.

—…nada —aclaró la garganta y movió los dedos con nerviosismo—, es un collar muy lindo.

Agradecí su comentario.

— ¿Sabías que una katana samurái puede llegar a cortar con su hoja los cuerpos de dos cerdos y medio apilados? —preguntó seriamente.

—No, no lo sabía, pero es sorprendente.

—Si, el samurái japonés era un gran guerrero. Pero, si hablamos de cosas sorprendentes, podemos destacar las curiosas formas de tortura que se han utilizado a lo largo de la historia en la humanidad.

Tragué saliva.

—Como, por ejemplo, cuando se colocan las extremidades de una persona en aquella máquina que tiene como función tirar de cada una de ellas, realmente doloroso ¿no crees? —pausó un momento— Pero, me imagino que una de las torturas mas crueles que existen, es esa que utilizaban en la época de la santa inquisición. Donde a unos que apresaban los colocaban bajo una gotera de agua, no podían moverse de ahí y, por lo tanto, el golpeteo del agua en su cabeza se hacía más y más molesto, hasta que llegaba a un punto de agonía total, puesto que las gotas perforan tu cráneo poco a poco.

Un escalofrío recorrió mi espalda. No era la conversación que me hubiera imaginado tener. Entonces, pensé en cómo alejarme de ahí, no me daba buena espina ese tipo.

— ¿No te parece interesante? —me miró fijamente, tan preciso en mi rostro, como si no existiera nada mas— hay tantas cosas interesantes en esta vida, como las inexplicables apariciones de los llamados “Espectros”. Que, no todos lo aceptan, pero ¿no te parece que serían demasiadas coincidencias para no ser cierto?

Era extraño, no podía moverme y empecé a ponerme nerviosa. Mi mente se quedó en blanco y lo único que podía escuchar en el silencio de la biblioteca era el latir de mi corazón.

—Sinceramente… —continuó mientras bajaba la mirada hacia mi collar—, no creo que de millones de individuos…

—…q-que hay en la tierra, todos ellos mientan o estén equivocados —expresé sin pensarlo—. Lo he oído en alguna parte.

¿Dónde? ¿Un libro? ¿Una película? ¿En donde lo había oído? No lo sabía, pero ese tal Marco era una persona extraña. Me había puesto los pelos de punta con sus comentarios.

Se levantó entonces con el rostro sorprendido y, acto siguiente, me tomó violentamente de los hombros con ambas manos y me giró hacia él. Me quedé petrificada, ¿Qué debía hacer? No logré articular palabra alguna, ni siquiera pude gritar, estaba asustada.

Reaccionó, luego de unos segundos de tensión, y me soltó. Se dejó caer sobre la silla en la que anteriormente estaba sentado.

—Una buena amiga solía decir esa frase seguido —expresó mientras hundía el rostro en sus manos—, me sorprendió cuando la dijiste. Perdóname.

Que buen pretexto, pero poco convincente para mí, era alguien peligroso y ahora tenía que alejarme de ahí y advertirles a los demás, esconderme o hacer cualquier otra cosa que no fuera estar cerca de él.

—No te preocupes —forcé una sonrisa—, bueno, tengo que irme.

Tomé el libro en mis manos.

—Espera un momento Katia —puso su mano derecha sobre la mía.

Me asusté un poco y mi pulso se aceleró por consecuencia. Esperé con impaciencia sus próximas palabras.

—Señor Mlynowski —interrumpió la señora Beatriz desde la recepción— aquí tengo el libro que había pedido, si gusta recogerlo.

Noté un deje de tensión en la voz de la jefa.

—Discúlpame unos segundos, por favor —me dijo insistentemente.

Ese sujeto era muy inquietante, tenía la sensación de que si corría ahora no me dejaría escapar y me atraparía sin mucho esfuerzo. Tenía que idear algún plan rápidamente.

Pasee la mirada de nueva cuenta por los pilares de libros que se encontraban en la mesa, me detuve en su libreta y la tomé sin pensarlo. Eché un vistazo al contenido, tenía una caligrafía bastante familiar. Me giré y me cercioré de que no me viera (él seguía charlando con la señora Beatriz). Continué hojeando con rapidez, no entendía nada. Se encontraba separado por fechas y, más que “cosas del trabajo”, parecía un diario personal. Empecé a leer detenidamente:

“Hoy no he notado cambio alguno, todo sigue igual, pero tengo que registrar todo lo que suceda…”

“… me he puesto a pensar, ¿se habrá dado cuenta de algo sin que yo lo supiera?…”

“Odio no poder acercarme a ella, solo observarla de lejos me saca de quicio…”

—No puedes hacer eso —una voz me advirtió.

Inmediatamente cerré la libreta. Levanté la vista.

—… Anahí —suspiré—… que susto me has metido.

—Deja eso, es de mala educación —tomó la libreta, pero no la solté.

Intenté explicarle, pero no quiso escucharme. En ese momento me pareció una mujer mayor a lo que me había dicho que era. Su semblante era duro y su carácter amenazaba con darme un fuerte sermón.

—Anahí, ese tipo es peligroso, tenemos que llamar a la policía —dije al fin.

—Pero, ¿Qué tonterías estas diciendo? —frunció el ceño— Quiero decirte que no soy una niña de cinco años.

Tiró fuertemente de la libreta, pero me negué a soltarla y forcejee con ella mientras intentaba convencerla. Ella no cedería fácilmente, parecía una persona completamente diferente; parecía cansada. Sus manos se aferraban aún más a la libreta.

No me escuchó y sucedió lo inevitable; la libreta se me salió de las manos y la inercia provocó que se desplomara en el suelo, desparramándose en partes ante mis ojos.

Hojas sueltas por doquier y fotos… mías.

— ¿Qué significa esto? —murmuré al tiempo en que caía de rodillas al suelo, estaba desconcertada.

Comencé a mirar más de cerca, revisando cada una de las hojas mientras mis manos temblaban y mis latidos retumbaban en mis oídos.

“Recuerdo como amaba platicar sobre esos temas tan extraños, nunca llegué a comprenderla por completo, sin embargo…”

“…a veces extraño pelear con ella…”

“… no entiendo porque me prohíben mantener contacto con ella…”

Todo parecía apuntar hacia a mi.

En este preciso momento no sé que pensar, todo es confuso. Pero, ¿acaso es una simple coincidencia? No, en definitiva esa no puedo ser yo. Porque yo no se nada al respecto. Es una broma, ¿cierto? Volteo al frente, ahí viene él, igual o más desconcertado que yo. Quiero correr, pero no puedo, todo da vueltas a mí alrededor.

— ¿Que quieres de mí? —exijo una respuesta— ¡Responde!

—Katia, lo siento mucho —se acerca a mi—. Katia, dime que me recuerdas… ¿Por qué nos pasa esto a nosotros?

—Debes irte, él está aquí —interrumpe Anahí, comunicándole al muchacho.

Espera un momento, algo parece escabullirse de entre mí mas profundo pensamiento, queriendo fluir dentro de mi mente como una vieja cinta de película. Este chico, la verdad es que a este chico lo conozco pero, no entiendo nada aún…

Estoy aturdida, volteo en busca de ayuda, pero no encuentro a Anahí. Me levanto.

—Katia, no me hagas esto —el muchacho me abraza bruscamente—…soy yo, Marco. Tranquila, soy yo.

—Marco… Marco —mi vista se nubla.

Su aroma llega a mi como una especie de brisa confortante, ¿algún tipo de droga? Pero, no me he quedado dormida.

—Marco —lo volteo a ver y tomo su cara con ambas manos— Marco ¿porqué no recuerdo nada?

—Un… una maldita enfermedad te quiere arrebatar de mi lado —sus ojos se llenan de lágrimas— pero yo, siempre…

— ¡Alto! —demanda una voz. Es Pedro, el conserje—  jamás te permití acercarte a ella, eso no estaba en el trato. Mantener contacto con Katia puede afectar su proceso de recuperación, ¿Dónde está Martha? Le dije que cuidara de ella…

—Iré por seguridad —dice la señora Beatriz y se aleja.

—Se lo encargo, doctora.

El conserje intenta quitarme de encima al muchacho. Pero el se niega a soltarme, me mira tiernamente y susurra unas palabras a mi oído.

— ¡No quiero que toques a mi hija! —grita el señor Pedro, furioso.

¿Su hija? ¿Qué está pasando?

Marco me planta un dulce beso en los labios y mis ojos se arrasan en lágrimas. Unos sujetos uniformados se lo intentan llevar como se llevarían a un criminal.

Ciertamente, no quiero que se vaya, no quiero que lo alejen de mi lado ahora que lo recuerdo. Lo tomo fuerte del brazo, pero todo es inútil ahora. Ambos somos separados.

— ¡Papá! ¡Déjalo! Por favor —Corro hacia él— ¡¿Cómo te atreves?! Engañarme de esta manera… esto no es una biblioteca, ¿Qué clase de broma es esta? ¡Anahí! ¡Anahí!

Busco en los alrededores. No la encuentro.

— ¡Anahí! ¿Por qué hiciste esto? —le reclamo a la psicóloga Martha—, no entiendo como pudiste prestarte a hacer trabajo tan sucio. Hacerme creer todo esto, “Anahí”…

—Hacerte creer esto… es para ayudarte, a recordar cosas simples que haces una y otra vez, en un ciclo continuo… —Anahí, o más bien, Martha, entra en escena luego de haberse escondido por miedo a una reprimenda.

— ¡Mentiras! ¡Todas son mentiras!

—Hija —dice mi padre—, cálmate. Ahora parece que quieres recordar, tranquila, todo va a estar bien y te vas a recuperar, de eso estoy seguro.

— ¡No padre! ¡Así no! No quiero recordar si él no está conmigo… no quiero —siento un picotón en mi brazo.

—Todo estará bien señorita, parece que está reaccionando bien al tratamiento —la señora Beatriz me sonríe tranquilamente.

Gente vestida de blanco se reúne alrededor, pero todo parece desvanecerse ante mí. ¿Porqué dormir cuando todo esta tan claro ahora? No quiero olvidarte. No debo olvidarte.

“Aunque de tu pensamiento sea borrado, mi amor por ti jamás se desvanecerá” Lo he vuelto a escribir, pero ¿Dónde lo he oído? ¿Un libro? ¿Una película?

Absurda ironía

Él, siempre había deseado encontrar a esa mujer que comprendiera todos esos demonios que llevaba dentro. Esos que se habían generado a partir de su caprichosa vida colmada de lujos y placeres. Como habremos de imaginar, él se sentía solo y vacío por dentro, ni el alcohol ni lo más extremo calmaban su inquieto corazón. No había nadie en el mundo capaz de hacerlo sentir humano, todo era artificial y material, vacío como su interior. ¿Existirá realmente alguna chica de buenos sentimientos como las que se muestran en las películas de romance? empezaba a creer que todo es una absurda mentira, estaba esperando en vano que llegara aquella efímera felicidad irrealizable. ¡Estupideces!
Él salió de su casa hecho todo un lío, necesitaba despejarse.

Ella, desde que tiene uso de la razón, ha ignorado todo aquello referente a las relaciones amorosas. Hasta el día de ayer que su compañero de clases había confesado estar enamorado de ella desde hace tiempo. Pero ella era incapaz de sentir algo por él, por ningún hombre había sentido algo relacionado a esa palabra amor. A excepción de su familia. ¿Qué sería amar a alguien ajeno a tu línea sanguínea?

El canto de unos traviesos pajarillos la despertaron de su trance. ¿Será bueno hacer algo diferente a lo cotidiano? se levantó de una de las tantas bancas del parque, meditó brevemente y comenzó a caminar en reversa, despacio, paso a paso; llevando la literalidad al extremo. “¡Seré idiota!” al darse media vuelta se encontró súbitamente con un vendedor ambulante que distraído se encontraba. Irritado, el señor de avanzada edad, empujó a un lado a la chica y siguió su camino.

Al llegar a un parque cercano escuchó un fuerte golpe acompañado de un llanto, un niño había caído al suelo derramando toda su gaseosa sobre el suelo. “Pobre inútil” pensó, pero sin pensarlo fue a ayudarlo y preguntar si se encontraba bien. A pesar de detestar a los niños, no podía evitar sentir pena por ellos cada vez que se lastimaban. El niño no dejaba de llorar y decir que quería a su mamá, su llanto era cada vez más intenso. Aunque se sentía irritado, su lado protector lo obligó a tomar al pequeño desconocido de la mano para ir a buscar a su tan aclamada madre, no obstante, esto solo logró que el niño comenzara a llorar aún más fuerte que antes. “¡No! ¡No! ¡Mami dice que no vaya con extraños! ¡¡Suéltame, suéltame!!” a tiros y jalones, el joven, continuó caminando. Siendo partícipe así de una incómoda escena donde el papel de secuestrador se lo llevaba como anillo al dedo.

Fue entonces cuando el llanto desesperado de un niño la despertó de sus pensamientos. Levantó la mirada y pudo ver cómo un joven alto tironeaba del brazo a un pequeño niño que pedía auxilio a todo pulmón. De su interior emergió un fuerte impulso de hacer algo al respecto, no era posible que se maltratara un niño bajo ninguna circunstancia; su sentido de la justicia emergió desde lo más hondo de su ser. “¡Suelte a ese niño!” exigió sin pensar en las consecuencias de sus actos, pues ella era débil, no medía más de 1.55 metros de estatura y apenas si podía correr una cuadra de distancia sin detenerse. Aún así, se aventuró a interceptar a ese sujeto desconocido. “¿No me escuchó?”

El joven no supo cómo reaccionar después de haber sentido una oleada de irritación al escuchar la chillona voz de una mujer gritando a sus espaldas y, segundos después, quedarse boquiabierto ante la triunfante actuación de esa pequeña fémina. Aún no podía asimilar lo que había sucedido hacía unos minutos atrás:

—¿No me escuchó? —preguntó, aún más exaltada que la primera vez.

Tuvo que detenerse para no atropellar a la pequeñez que se interponía en su camino. Su molestia aumentó un grado.

—Me parece que no comprendes que has sido ignorada, hazte un lado —su mano se dirigió directamente a su hombro para hacerla a un lado.

—Discúlpeme, pero no pienso ser parte de su ignorancia —tomó la mano del joven y evitó ser desplazada del punto donde se había plantado.

El contacto de la piel desconocida de aquella mujer le produjo una sensación de ser recorrido por una corriente eléctrica en una milésima de segundo, desconcertante y, al mismo tiempo, sintiéndose atrapado dentro de una clase de hechizo del que, seguramente, no lograría escapar fácilmente.

—No puedo dejar que te lleves a este mocoso —reaccionó cuando se dio cuenta de que ella estaba intentando llevarse a su único posible buen acto del día.

—Ni yo puedo permitir que lo lleve a no sé dónde, cuando, a leguas, se ve que no es, ni familiar, ni conocido suyo.

—Ni tú eres su familiar —contraatacó, seguro de sí mismo.

—Al menos estoy segura de que yo no le haré daño —tomó la mano del niño, dispuesta a llevarlo a un lugar seguro.

—¿Y quién dijo que yo si?

—No necesita decirlo, sus acciones hablan por sí mismas —clavando la mirada en la grande mano del joven, que sujetaba con fuerza el brazo del niño, dejando a notar un suéter cruelmente fruncido.

En ese momento el niño dio un tremendo puntapié al joven, obligándolo a soltarlo y dedicarle una maldición, en cambio, la chica, sonrió ampliamente y decidió ir tras el pequeño niño, no sin antes dedicarle al desconocido un giño de victoria. Corrió, sin escatimar el asombro  que había depositado en aquel sujeto. Él mismo no podía creerlo, aquella simpleza de mujer lo había dejado sin aliento.

Fue entonces cuando se dio cuenta, aquella mujer tenía algo particular que no había visto en ninguna otra antes: determinación…

Cuando entregó ese niño a su madre, se preguntó si realmente fue la salvadora de ese infante. Si aquel extraño estaba verdaderamente dispuesto a secuestrarlo para sacar provecho de él. Pero, si lo quisiera hacer, hubiera hecho algo para impedir que ella se lo llevara de sus manos.

En fin, lo que no podía evitar era pensar una y otra vez en su rostro. Aunque le parecía familiar, era casi imposible que lo conociera de antes pues, en una ciudad tan grande, las probabilidades de encontrarte con una misma persona más de una vez sin previo consentimiento, eran casi nulas.

Al llegar a casa, se quitó el abrigo, lo dejó sobre el sofá y se fue directo a su habitación para tomar una siesta. Su hermana, dos años menor que ella, llegó efusiva a saludarla y dejó que descansara en la comodidad de su habitación. Esa tarde soñó con aquel muchacho malhumorado, más que cualquier otra cosa, despertó teniendo una sensación de haber tomado su mano nuevamente. De una forma tan real que mantuvo su mirada puesta en su mano durante unos minutos luego de haber despertado. Sentía una extraña necesidad de volver a encontrarse con ese sujeto, entonces se cuestionó: ¿él querría ayudar también a ese pequeño? ¿Acaso había malinterpretado sus buenas acciones? Las manos se fueron directamente a sus labios, como aguantando la respiración, había humillado a ese joven equivocadamente.

Cuando iba llegando al lugar donde lo había visto, se sintió tan tonta que le dieron ganas de reírse de ella misma. Había corrido varias cuadras para ver si un chico que había visto hacía unas horas seguía en el mismo lugar, para así, ofrecerle una disculpa. ¿Era realmente eso lo que quería? Pero la noche amenazaba con llegar y era absurdo que él siguiera ahí.

—Mejor acepta que ese tipo te llamó la atención…

Resignándose, imaginó qué hubiera sucedido si en vez de acusarlo, hubiera dialogado con él. Seguramente hubieran encontrado a la madre del niño, entablado una conversación de lo más trivial y ¿por qué no? Hasta intercambiado números. Pero, ¿a qué venían esos pensamientos ilusos y sin fundamentos? Probablemente sólo quería huir de su realidad, al día siguiente se tendría que enfrentar a la verdad: su decisión. Si aceptaría o no el amor de su compañero de clases. Hace unas horas, quería simplemente olvidarse de todo aquello. Pero ahora, era una chispa de intriga la que la obligaba a pensar en el joven que había conocido esa misma tarde, olvidándose así de su inminente decisión.

Volvió a casa, donde encontró a su hermana echando chispas por la cabeza. Le contó que el vecino había causado mucho alboroto con su música electrónica, no la dejaba concentrarse en sus estudios para su examen final de álgebra. Si de por sí tiene mal carácter simplemente cuándo la interrumpe un poco cuando estudia, ya se imagina el embrollo que se habrá hecho cuando el vecino acabó con su paciencia. Aunque, sea lo que sea que haya hecho mi hermana para callarlo, habrá conseguido lo que quería, pues ahora el vecindario se encontraba en total serenidad. No sé qué vecino habrá sido, ni me interesa mucho, pues nunca he sido social por estos lugares, apenas conozco al perro que se da vueltas en nuestro jardín por las mañanas.

Se sentó a esperar, ¿esperar a qué? Tal vez a que esa chica pasara nuevamente por ahí. ¿Para qué? Por supuesto, exigirle una disculpa sería lo que haría primordialmente, después, quizás preguntarle su nombre… su nombre.

¿Enserio importan esas cosas? Empezaba a creer que se estaba formando una novela en su cabeza, esa sensación de calor en sus mejillas aún no había disminuido, aún tuviera el ceño fruncido, un mar de emociones lo albergaban al mismo tiempo. No sólo el arrogante deseo de humillar a esa fémina para arrebatarle de sus labios un “me equivoqué”, si no la sensible esperanza de que ella fuera lo que estaba buscando. Y ella tenía algo que lo había dejado alucinando durante más de una hora. Y ella no volvería a cruzarse en su camino nunca más.

Volvió a casa.

Luego de cambiar indefinidamente los canales en su televisor, decidió que sería buena idea poner alguna película de acción. Se levantó, buscó entre una infinidad de títulos acomodados en una elegante estantería, se rindió ante su indecisión y volvió a su rutina de cambiar los canales al televisor. Lo apagó, dejó el control sobre una mesita de cristal y tomó otro de los tantos que se hallaban acumulados ahí mismo. Encendió el estéreo y subió todo el volumen que permitían las bocinas. Cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de su música electrónica.

…¿Nos volveremos  encontrar?