Myself (5/5)

Capitulo 5

Comienzo

—¡No! —gritó ella cuando empezó a notar que el muchacho se desvanecía poco a poco, y lo abrazó, lo abrazó con desesperación. —No te vayas… —No podía irse y dejarla ahí sola, aún tenía mucho qué preguntarle. Cerró los ojos con fuerza  mientras se aferraba a él, no lo soltaría.

Pasaron unos minutos, cuando se rompió el silencio.

—Puedes soltarme —el joven la miraba con ojos serios.

Mónica abrió los ojos y encontró de nuevo el ajetreo de la ciudad. Habían vuelto.

—Me quedaré solo un poco más, pero tengo que volver a donde pertenezco —apartó a la chica cuidadosamente.

—¿A dónde tienes que ir? —mirándolo fijamente.

—Yo ya no pertenezco a éste mundo, al de los vivos. En cambio tú, tienes que aprender a vivir…

—¿No puedes hacer lo que te he pedido? —preguntó, desalentada.

—Eso no lo puedo hacer. No tengo el poder de hacerlo aunque quisiera.

—No puedo vivir. No aquí, ¿Por qué me trajiste aquí?

—Tienes que hacerlo, comenzar de nuevo. No puedes quedarte en el que era tu tiempo actual, de lo contrario, su esfuerzo habrá sido en vano. El dio su vida por ti, ahora tienes que vivir. —La chica lo miraba, en espera de algo más, pero él sabía muy bien que la información que podía darle era limitada.

El joven suspiró al fin —Mi trabajo consistía en mantenerte a salvo —caminando lentamente—, llevarte a algún lugar seguro. Era imposible que te quedaras en ese espacio-temporal, y te traje hasta aquí.

—Pero, aquí estoy sola…—sumamente triste, expresó.

—No lo estas, te llevaré a tu hogar.

Y la llevó. Ahora vivía en un amplio departamento que su madre se encontraba pagando desde el extranjero, y sus estudios universitarios habían sido terminados cuando estaba fuera del país. Pero, a pesar de que las pruebas de todo se encontraban ahí, no recordaba nada, esos cinco años eran un misterio para ella. ¿Qué había sucedido?

Ambos recorrieron el departamento, Mónica miraba extrañada cada detalle que residía en el lugar. Había muchas cosas que lograba reconocer, sin embargo había otras que no. En efecto, hace poco se había establecido en el lugar, pues algunas cajas con equipaje seguían ahí. Y a pesar de todo, parecía tan solitario.

Tenía que empezar nuevamente.

—Yo… —dijo ella en voz baja— cumpliré su deseo…

El joven mantenía su silencio.

—Ahora viviré correctamente, seguiré adelante —abrió una puerta corrediza que daba al balcón y el viento nocturno acarició su rostro— no entiendo muchas cosas, pero sé que encontraré las respuestas.

Era tiempo de cambiar, ahora podía hacer lo que nunca pudo en aquel tiempo. Y ya no huiría de nada, enfrentaría a lo que se tuviera que enfrentar, superaría cada obstáculo y no dejaría que nadie la manejara a su antojo. Tenía que vivir, tenía que decirse “Hola” a sí misma.

—Entonces mi trabajo aquí ha terminado —expresó él con serenidad mientras se acercaba a la chica—, adiós.

—Gracias, ¿Cómo puedo recordarte? —aún no sabía su nombre.

El joven de ojos avellana la miró con ternura durante unos segundos que habían parecido una eternidad, sonrió dulcemente y, pronunció al tiempo en que se desvanecía, dos sinceras e inolvidables palabras: Te amo.

Ella abrió grandemente los ojos e intentó detener su partida, pero ésta vez no lo logró y terminó de rodillas sobre el suelo. Unas finas lágrimas brotaron de sus ojos al tiempo en que sonreía y se abrazaba a sí misma. Sólo pensando en lo agradecida que se encontraba con él.

—También, te amo…—ahora lo reconocía.

 Almorzaba plácidamente en una cafetería familiar, mientras sus compañeras no dejaban de parlotear sobre las estadísticas de población y las cifras de habitantes que habían sido arrojadas  por el censo del año pasado. En fin, no prestaba mucha atención a lo que estaban hablando, solo se limitaba a disfrutar de los alimentos que tocaban su paladar.

—¡Hablando de eso! —dijo la joven de cabellos cobrizos— Mónica, ¿ya van seis meses desde que volviste a la ciudad, no?

—Ah, sí —dijo todavía con comida en la boca— la verdad es que ya extrañaba… —se detuvo a pensar por un momento.

¿Extrañaba la ciudad? Cierto, había vuelto porque no aguantaba estar tanto tiempo a solas con su madre, así que decidió volver en cuanto había acabado la universidad. Su madre no quería dejarla ir, puesto que se sentiría sola sin ella, pero al final aceptó porque ya era hora de que se independizara y eligiera su propio camino.

—Así que ya extrañabas la ciudad ¿Eh? —dijo su otra compañera, ésa que había conocido hace poco— ¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

Pero, ¿Por qué había dudado?, era extraño pensar en que a veces se le olvidaban algunos detalles. Detalles que, por muy pequeños que fueran, sabía que no debía olvidarlos, pero cuando menos se daba cuenta ya se encontraba ahí, intentando recordar algo que había desaparecido de su memoria.

—Cinco años, fue un largo tiempo, ni siquiera yo esperaba volver algún día —sonriendo metió el ultimo bocado de tarta a su boca.

—Pero aquí estas, amiga —expresó con alegría la mujer de cabello cobrizo—, te extrañaba tanto, Mónica.

—Y yo a ti, Ana —le dedicó una sonrisa, luego miró su reloj de muñequera—. Chicas, lo siento pero a mi se me va haciendo tarde, tengo que irme. Aunque sea a unas cuantas cuadras de aquí, no me puedo dar el lujo de llegar tarde —riendo—.  Aquí les dejo el dinero, nos vemos.

—¡Nos vemos, Mony! —expresaron ambas chicas mientras agitaban sus manos para despedir a la empresaria.

Era cierto, había extrañado tanto esa ciudad. Pero fue muy duro volver y enterarse de tantas cosas. Como la muerte de Sebastián, no esperaba que ese accidente hubiese sucedido justo el mismo día de su partida. Pero ella jamás se percató, si no le hubiera llevado la contra a su madre en aquel momento cuando decidió tomar otro camino hacia el aeropuerto, tal vez ellas hubieran sufrido de igual forma aquel accidente. Sin embargo, no podía dejar de culparse por aquello, si hubiera hablado con él en ese momento, podría haberle salvado la vida.

Ella pensaba que Sebastián había intentado llegar al aeropuerto para evitar su partida. Pero a causa del accidente nunca llegó. Mónica se fue sin decirle mucho a sus amigos, solo quería huir de todo. No contactó con nadie, hasta que volvió, cinco años más tarde.

Ahora tenía un trabajo nuevo. Tenía que hacer todo lo posible por conservarlo. Imposible, iba a llegar tarde. Se detuvo en un paso peatonal, esperando la oportunidad de cruzar la calle.

—¿Por qué nunca lloré? —se preguntó a sí misma mientras veía a los autos pasar.

Era extraño, pues no recordaba haber llorado por él, pero al mismo tiempo sentía que sí lo había hecho. Aquello era una de las cosas que sentía que no debía haber olvidado, los primeros días de su regreso eran algo vagos en su memoria.

Pero, ¿de qué se preocupaba ahora? Iba a llegar tarde al trabajo, y si no se apresuraba…

Entonces, con una sonrisa decidida, comenzó su carrera hasta aquel edificio lleno de pantallas publicitarias. Nada arruinaría ese día, ni el resto de su vida.

Ahnira Sang

Myself (4/5)

Capítulo 4

Oportunidad

Había caminado por casi una hora sin rumbo alguno, el sol ya se había ocultado y el frío comenzaba a sentirse. Había abandonado a su amigo Eduardo, y ahora no tenía compañía alguna.

Después de aquella larga caminata decidió sentarse en la banca de un parque, ese en el que había llegado a parar luego de tanto buscar. Respiró hondo y trató de relajarse cerrando los ojos y escuchando el balancear de las hojas que se encontraban en lo alto de los arboles. Los pajarillos cantaban mientras buscaban su lugar en ellos; la gente seguía con su vida, todo parecía normal. Todo, excepto ella. Aun intentaba comprender la situación, pero ya no le veía caso darle tantas vueltas al asunto, sola no comprendería nada en absoluto. Ahora, lo importante era encontrar a ese muchacho misterioso que la había llevado a todo esto.

—¿Me buscabas? ­—clavando su mirada avellana en ella.

—¡Me asustaste! ¿Dónde rayos estabas? —notablemente molesta.

—Tienes que vivir —dijo, mirando al cielo.

—¿Disculpa? —todo era cada vez más confuso.

—Tienes que vivir. Eso me dijo él, es un mensaje para ti.

—¿Quién?, ¿de qué me estás hablando? —un silencio se abrió campo entre ellos—… ¿Quién eres tú?

—Te llevaré con él —se levantó y empezó a caminar. La joven lo siguió.

Tal vez ese chico pelinegro no era el indicado para responder a todas sus cuestiones. Decidió entonces aliarse con el silencio, seguro su jefe o quien sea que fuera le explicaría lo que estaba pasando.

Mientras caminaban se lograban ver centros comerciales, restaurantes, hoteles y demás cosas nuevas para ella, su ciudad había cambiado a gran escala. Era sorprendente ver todo aquello, pero lo que fue más sorprendente aún era ver cómo todo aquello desaparecía de su vista y a cambio se posaban cientos de nogales ante ella.

Ahora ambos estaban en el campo, y ella estuvo apunto de gritar del susto. Pero se contuvo, respiró profundo  y se volvió hacia el misterioso joven.

—¿Cómo hiciste eso? —viendo a sus alrededores, que mágicamente habían cambiado—, ¿Dónde estamos?

—Sígueme… —expresó con serenidad.

Se adentraron a la multitud de árboles y, después de unos minutos, salieron por un sendero que conducía hacia un cementerio.

—No, ¡no, no no! —lo detuvo de un brazo—.Yo, ¡yo no entro ahí!

—Está bien, quédate aquí sola. —siguió su camino a paso constante.

—E-espérame. Pensándolo mejor, voy contigo, pero no hagas nada raro.

—¿Raro?

—Sí, esa magia que usas, o desaparecer, o cualquiera de esas dos. —mirando de un lado a otro.

Caminaron durante un rato. El frío ahí era más penetrante que en la ciudad y la única luz que los acompañaba era la que reflejaba la luna. Un aire misterioso se respiraba en el lugar, y Mónica empezaba a perder la calma.

—Aquí —se detuvo frente a una lápida de color más claro de las que habían visto anteriormente.

Ella cesó su caminar, observó al joven, y luego a esa tumba. Se inclinó un poco para ver el nombre que había sido grabado ahí. Luego, con tristeza, pasó la mano por encima de éste. Sobre la fría lápida se encontraba el nombre de Sebastián Feurstein.

—En verdad murió —su corazón dio un vuelco al escuchar sus propias palabras.

El viento sopló con pesadez.

—Hace 6 años ésta persona hizo un juramento, quería proteger a una persona en especial —posó una mano sobre su hombro—. Prometió que cuando fuera el momento justo, detendría el tiempo por ella.

—Detener el tiempo…

—Él sabía lo que iba a suceder en aquel momento, tú morirías en un accidente de tráfico. —ella lo volteó a ver sorprendida— Pero él no podía aceptarlo, era algo que no podía dejar que sucediera. Entonces recordó su juramento, y deseó con todas sus fuerzas poder cumplirlo. Solo se le dio una oportunidad: si lograba retenerte, sus vidas se conservarían, pero si no, uno tenía que marcharse.

¿Lo recuerdas?, él lo intentó, pero no pudo obligarte a hacer nada, te amaba demasiado. Después de subirte al automóvil, el corrió tras de ti, y pensó que no podía ser posible aquello. Lo que más amaba se le escapaba de las manos y no podía hacer nada más, nada más excepto desear que fueras feliz sin su presencia en tu vida. Por supuesto que todo eso era el final que menos había querido, y pedía otra oportunidad, pero era demasiado tarde para obligarte a que te quedaras a su lado. Era egoísta, tan egoísta como todas las personas del mundo. Sin embargo, al final entendió que todavía tenía esa oportunidad que le habían dado.

Tomó las llaves de su auto y se dirigió a la carretera a alta velocidad, tenía que llegar hasta aquel lugar antes que tú y evitar que tu vida se perdiera en ese momento. Llegó, y las vidas que se perdieron aquel día eran justamente las que se tenían que perder. Ni una más, ni una menos, pero con un peculiar desacuerdo con el destino…

Mónica se encontraba en silencio, sus labios temblaban y no lograba articular palabra alguna. No podía creerlo, todo era una locura, una triste locura que no quería aceptar. Imaginar que alguien había dado la vida por la suya, imaginar que él había muerto en su lugar. No podía aceptarlo. Ella debería haber muerto, no Sebastián, Sebastián tenía que vivir.

—Por favor —dijo con una voz débil—… por favor, denme una oportunidad a mí, ese día tenía que morir yo. Devuélvanle a la vida y llévenme a mí, ¡por favor! —tomó al extraño por los hombros.

—No puedo hacer eso…

—¡Por favor, por favor!… —lágrimas corrían por sus mejillas.

—Lo siento.

De pronto todo a su alrededor comenzó a resplandecer levemente, mientras se disolvía en pequeñas esferas que revoloteaban alrededor, emitiendo una luz blanca, invadiendo el lugar por completo.

Ahnira Sang

Myself (3/5)

Capítulo 3

Recuerdos

Se encontraba ahí parada en medio de una calle bastante transitada por los habitantes de lo que parecía ser su ciudad natal. Aunque no entendía nada excepto que se encontraba acompañada por un completo desconocido, una persona a la cual no lograba reconocer aún, seguía controlándose para no ser una presa más del pánico.

—Soy Eduardo, ¿no me recuerdas? —con una sonrisa— tú sí que no has cambiado nada.

—¿Eduardo? Espera un minuto, ¿enserio? —comentó sorprendida— no te reconocí, ayer te veías…

El primer acompañante posó una mano sobre el hombro de la chica.

—Si, el ayer fue el ayer y el hoy… ¡Vamos a disfrutarlo nena! —expresó el moreno, con emoción— En serio no puedo creerlo.

—Has cambiado demasiado —con una sonrisa en el rostro la chica inspeccionaba el aspecto del que parecía ser un antiguo amigo.

—Ven, tenemos que hablar un montón —sosteniéndola de la mano tomó rumbo hacia una cafetería cercana de ahí.

Se sentaron en una mesa cercana a los ventanales de aquel agradable lugar, Mónica por fin tomaría un respiro.

—Así que dime tú, ¿no habías pisado la ciudad en todo este tiempo? —pausando—, o ¿desde cuándo estas aquí?

Llegó una mesera a atenderlos, pidieron unas bebidas y se retiró.

—Como sea, me sorprendí muchísimo cuando te vi. Pues cuando te fuiste fue como si te hubiera tragado la tierra.

—La verdad yo… —mirando en dirección hacia el otro compañero, que estaba sentado en otra mesa, sólo formó un ademán de silencio al verla.

—En cualquier caso, después de que Enrique se mudó de igual forma que tú, todos comenzamos a tomar rumbos diferentes. —posó ambos codos sobre la mesa— Inés decidió estudiar medicina; Elisa terminó casándose con Héctor que, después de toda esa insistencia pensé que simplemente lo echaría a volar; Armando consiguió seguir con el futbol después de algunos problemas familiares; Ana y Verónica dejaron de hablarse luego de que Verónica logró entrar a la universidad, en cambio Ana, no obtuvo buenos resultados…

—Tantas cosas… —mientras miraba el servilletero que se encontraba frente a ella—, y Sebas, ¿Qué ha sido de él?, ¿se ha casado?, ¿continuó sus estudios?… ¿sigue viviendo aquí?

El moreno puso una cara de seriedad en cuanto ella lo mencionó.

—¿Eduardo?, ¿qué pasó con él?

—Sebastián, el no…

—¿Qué tiene Sebas? —preguntó nuevamente. En ese momento llegó la mesera y les entregó sus respectivas bebidas— contesta. ¿Qué ha pasado?

 Él tomó el refresco entre sus manos y aguardó un momento.

—Mónica, lo siento. Sebastián falleció hace cuatro años. Pensé que lo sabías. Él tuvo un accidente de tráfico y quedó en coma durante trece meses, pero luego de eso…

—No bromees conmigo —riendo nerviosamente comenzó a jugar con la pajilla de su vaso—, con eso no se juega, anda, dime la verdad.

Eduardo tomó su refresco de cola, guardó silencio. Mónica rompió a llorar. Su cabeza se encontraba hecha un lío, no entendía nada de lo que estaba sucediendo y encima se llevaba esa terrible noticia, ¿podía ser verdad todo aquello? Lo que más deseaba es que fuese mentira, una amarga broma que le estaban jugando.

—No puede ser cierto, no puede ser cierto, no puede ser cierto… —murmuraba entre gimoteos que nuevamente se convirtieron en un llanto desconsolado.

Eduardo solo la veía en silencio, no sabía que decir sin herirla aún mas. Mientras tanto, Mónica respiraba bocanadas de aire tratando de encontrarle algo de lógica a todo lo que estaba sucediendo, hace unas horas había hablado con él y ahora estaba muerto. Después de tanto tiempo de conocerlo, de haber formado buenos y malos recuerdos junto a él, de haberlo querido tanto. Después de abandonarlo.

Cinco años ¿Por qué había perdido todo ese tiempo?, ¿Cómo había transcurrido tan rápidamente? Todo empezaba a dar vueltas en su cabeza, y un escalofrío recorrió su cuerpo. No obstante, había alguien que podía explicarle todo, y esa persona era aquel misterioso joven.  Giró lentamente su cabeza hacía el lugar donde se encontraba y entonces se dio cuenta, él no se encontraba ahí.

—¿Dónde está? —levantándose de su lugar.

—¿De quien hablas? Tranquila…

—Del chico, el que venía con nosotros —buscando con la mirada.

—Espera, Mony, aparte de ti y de mí, nadie más nos acompañaba.

—Sí, llegué aquí con él: alto y cabello negro, venía conmigo desde el principio.

—Estás alterada por la noticia, tranquila, él está en un lugar mejor.

Pero ella dejó de escucharlo y se dirigió afuera, tenía que encontrarlo. No podía abandonarla en esa situación, tenía que explicarle o se volvería completamente loca. Su corazón bombeaba sangre tan rápido que el sonido retumbaba en sus oídos y sus manos comenzaron a temblar, estaba asustada.

Gente caminaba de un lado a otro con prisa, los observaba uno por uno. De pronto una serie de recuerdos invadieron sus pensamientos, de tal forma que parecían empujarse uno a otro hasta que todo se detuvo en uno solo:

Un joven sostenía su mano, encontrándose sentado a un lado de ella sobre el pasto. Era una noche fría y ambos miraban al cielo, admirando las brillantes estrellas que se extendían hacia el infinito.

Me gustaría detener el tiempo en este momento dijo ella.

Lo haré por ti toma su reloj de muñeca y detiene las manecillas.

Aún sigue corriendo el tiempo, tonto.

Te prometo que cuando sea el momento justo, detendré el tiempo por ti….

Ahnira Sang

Myself (2/5)

Capítulo 2

Cambio

Caminaba descalza sobre el duro asfalto. A su lado se encontraba un joven al cual no podía reconocer, pero eso no la desconcertaba. Sentía una tranquilidad inexplicable mientras avanzaban en medio de la oscuridad sobre una larga carretera desierta, pero la luz de la luna los acompañaba, dejándolos ver un poco a su alrededor.

—La vida es un abrir y cerrar de ojos —expresó el joven de cabello negro— cuando menos lo esperas ya estas viviendo, observando. Pero eso no es para siempre y algún día tenemos que morir, cerrar los ojos.

—Eso es… pero si nosotros parpadeamos continuamente, ¿Qué pasa con eso entonces? ¿volvemos a vivir? — expresó ella mientras veía sus pies al caminar.

—Es como un ciclo, gente muere y nace continuamente. A unos les toca ver la luz y a otros la oscuridad.

—¿Y nosotros? —volteándolo a ver.

—La vida es como un sueño, al que no le tomamos importancia y lo dejamos pasar…

—Un sueño muy fugaz, ¿eh?

—Como el agua que tomas entre tus manos, algún día terminará escapándose de ellas —fijaba su mirada en un punto invisible para la chica.

Se quedó en silencio y comenzó a mirar más detalladamente el lugar en el que se encontraban caminando. Nunca había estado ahí, o no lo recordaba haber visto algún día. Notó que no eran las únicas personas que caminaban por ahí, habían algunas más a parte de ellos,  pero ninguna iba en la misma dirección. De pronto se dio cuenta de que dos personas se encontraban sentadas a la orilla de la carretera, sobre el verde pasto y una delgada neblina que se levantaba apenas unos centímetros del suelo. Dos personas conocidas, eran ella y un joven, se veía ella misma platicando felizmente con un muchacho, ese muchacho era…

Pero no se sorprendió, siguió caminando mientras el desconocido a su lado hablaba de cosas que ella apenas entendía, todo se volvía lento y sus oídos de pronto dejaron de escuchar la voz que le hablaba. Al final de la carretera se encendía una luz que se hacía cada vez más fuerte, se acercaba con lentitud y rapidez a la vez. No podía distinguir si era ella la que se acercaba o la luz la que lo hacía, invadiéndola por completo. Cegándola inevitablemente.

Cuando por fin pudo abrir bien los ojos se pudo dar cuenta de que se encontraba en medio de una enorme ciudad, con grandes edificios, autos por doquier, personas viniendo de aquí para allá. El ruido la aturdió de tal forma que la dejó perturbada, posó ambas manos sobre su cabeza y cerró fuertemente los ojos.

—Todo está bien —alguien posó una mano sobre su hombro—, tranquila.

—¿Quién eres tú? —preguntó después de haberlo visto unos segundos, era el mismo chico de ese sueño tan extraño que había tenido. Pero ahora ella se encontraba más consiente de sí misma— ¿Dónde estamos?

—No es un lugar desconocido para ti —empezó a caminar lentamente—, presta un poco de atención…

La chica lo siguió mientras miraba con atención aquellos edificios que se alzaban frente a ellos, claramente era un lugar desconocido. Sin embargo, notó algo familiar en todo aquello, no era del todo diferente a algo que ya había conocido anteriormente. Aquella tienda; aquel parque que a lo lejos se divisaba; aquellas calles. Todo encajaba perfectamente. Pero, ¿Cómo podía ser eso cierto?

—¿Te has dado cuenta? —preguntó con una sonrisa el extraño joven de ojos avellana.

—No… ¿Cómo es posible?, esta no es mi ciudad, aquella ciudad que abandoné ayer. Es imposible —desaceleró su paso.

—¿Ayer? —la rodeo por los hombros para que le siguiera el paso—. ¿Puedes ver eso? —apuntó a uno de los edificios mas llamativos, de grandes ventanales, donde posaban varias pantallas de publicidad. En uno venía la fecha del día en curso.

Ella se detuvo sorprendida, no podía creerlo, pero lo veía con sus propios ojos. Era el mismo día del mismo mes, pero con 5 años más agregados al actual. A su actual año. ¿Qué estaba pasando?

—¿Cómo puede ser esto cierto? —preguntó con desconcierto.

—Acompáñame —en respuesta el joven comenzó a caminar.

—¿A dónde iremos? —observaba alrededor, aún impresionada, sin entender nada.

Pero él no respondió, solo se limitó a voltearla a ver con ojos serenos, transmitiéndole un poco de tranquilidad a la joven. A pesar de ser un total desconocido, parecía no ser mala persona, aunque ni siquiera estaba segura de que fuera una persona.

Recorrieron varias manzanas sin pronunciar palabra alguna, el sol ya amenazaba con esconderse y sin embargo los automóviles seguían con su ajetreo diario, como si no hubiera tiempo para descansar en esa ciudad. El chico de cabello oscuro caminaba a paso constante delante de ella, sin reparar en nada de lo que estaba sucediendo, mientras que ella se preguntaba en qué pensaba y como le explicaría todo aquello. Por supuesto que le exigiría una explicación. Y cuando estaba a punto de hacerlo él se detuvo, esa era la oportunidad para preguntarle.

—¿Mónica? —exclamó una voz antes de que ella dijera nada—, sí, ¡eres tu! Vaya sorpresa, no pensé volverte a ver algún día.

Era un joven alto y simpático, de tez morena y un peinado al estilo punk.

—Tú eres…

Ahnira Sang

Myself (1/5)

Capítulo 1
Fin

Ambas se encontraban ahí, sentada una a lado de la otra, encerradas en aquel auto plateado que tanto tiempo las había acompañado. Lo único que mediaba entre ellas era el melancólico adiós a esa vida que llevaban, adiós a todos los momentos que vivieron ahí, y a todo lo que se encontraba a su alrededor. No hablarían, pues comenzarían de nuevo una discusión, y ambas lo sabían.
Un pequeño ruido interrumpió su incómodo silencio, el pequeño golpeteo de los dedos al tocar la ventana del lado del piloto. La señora bajó el vidrio para ver mejor al muchacho que las molestaba en aquel momento.
—¿Necesitas algo? —preguntó fríamente.
—Solo quiero hablar con su hija —agachándose un poco para verla.
—Ella no quiere…
—Madre —interrumpió la joven con un deje de enojo— yo también puedo hablar…
Salió del auto rápidamente y se acercó al muchacho, su madre hizo lo mismo. Intercambiaron miradas, y el aire se volvió tenso.
—Te dije que no quería volver a verte —exclamó la chica.
—Pero…
—No importa lo que digas ahora, es simple. ¿Acaso no lo entiendes? —dijo furiosa.
—Entiendo, simplemente vine a decirte algo, escúchame por favor —serenando a la joven.
—Ya lo he dicho, y no me retractaré
—La has escuchado —intervino la señora.
—Pero yo no he terminado —tomó la muñeca de la chica—. No, no te vallas. Tienes que escucharme, ya estoy harto de que me evites.
—¡No quiero saber nada! —forcejeó
—¡Tienes que escuchar!
—¡Ya basta! —exigió la madre de la joven
—Yo estoy cansada de todo esto… —se soltó y entró al carro, esta vez del lado del piloto.
La señora decidió subir al auto rápidamente mientras su hija arrancaba, lista para irse en cualquier momento.
—¿Por qué? —preguntó el joven mientras la chica subía el vidrio de su ventana.
Apenas iba a cerrarse completamente cuando la muchacha volteó repentinamente para pronunciar las siguientes dos palabras:
“Te quiero”
Palabras que entraron en los oídos de aquel joven, formando un fuerte eco y logrando que el tiempo se volviera lento. Era lento, hasta que se dio cuenta de que el auto comenzaba a avanzar, para alejarse y nunca volver. Y eso era lo que menos deseaba en su vida, que se alejara llevándose a quien más quería en ese preciso momento.
Sus piernas reaccionaron de forma lenta pero, en cuanto el mensaje fue asimilado por ellas, comenzaron a correr lo más rápido que podían. Correr, correr sin más tras ese carro, no quería verlo perdido y nunca saber más de ella. Pero fue inútil. Por más que corriera nunca lo alcanzaría. Se detuvo con algo de esfuerzo y comprendió que eso era un fin. El fin que tanto había temido.

Yacían detrás de ellas algunas maletas, las otras ya habían sido enviadas a su destino. La carretera se extendía ante sus ojos, y su madre se encontraba sentada a su lado con una expresión de notable molestia. No era necesario que dijera nada para enterarse de que su mamá estaba de cierta manera conforme con todo aquello pues era lo que siempre había deseado, verlos separados, pero ese último encuentro no fue muy agradable para ella. Odiaba a ese muchacho, no podía verlo ni en pintura, y su hija lo sabía perfectamente. Y lo que le molestó más, fueron las palabras que le había dedicado al joven.
—¿Qué significa eso último? —la señora de cabellos castaños dijo al fin. Sigue leyendo

Un encuentro soñado

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Él, es según la apariencia que elija tener: puede ser viejo y de cabello blanco o un niño de enorme sonrisa. Sin embargo, él prefiere ser joven, de negro cabello y una misteriosa mirada que  oculta detrás de su oscuro sombrero. Se sienta en un cómodo sofá situado sobre un enorme libro que se encuentra suspendido en una densa neblina que no deja ver nada más que un interminable color blanco.

Le agrada ese lugar, y no piensa cambiarlo, pues él controla su propio sueño. Y tiene la facultad de controlar los demás, pero solamente aquellos sueños de los seres humanos. De igual forma, no conoce otra especie que sea capaz de soñar como lo hacen los humanos.

Los seres humanos, tienen la facultad de soñar cosas inimaginables sin la capacidad de controlarlos y, en ocasiones, de recordarlos. No obstante, éste ser, de apariencia joven, vestido con una gabardina negra, a pesar de que le gusta tener una apariencia interesante y divertirse en su labor,  no tiene la autorización de hacer lo que le plazca dentro de los sueños que se encarga de monitorear. Un número infinito de sueños son los que tiene que regular para evitar que se desate un caos que ni los mismos humanos imaginan que pudiera suceder. Sí, el poder de los sueños es tan fuerte que puede llegar a colisionar el universo mismo.

Algunos lo confunden con Morfeo, pero él simplemente es un regulador más, uno de aquellos modificadores del sueño que trabajan para el verdadero Morfeo. Encargados de mantener en balance los sueños, modificando sólo lo necesario de ellos. Dentro de la zona designada, debe mantener el mismo número de sueños negros que de sueños blancos (o sea pesadillas y sueños), para poder cumplir con el objetivo.

Los reguladores, viven dentro del tiempo infinito y su existencia es solamente destinada a cumplir con su deber, hasta ese extraño momento en que comienzan a desvanecerse porque han terminado su ciclo de existencia. Pero su existencia no es aburrida, al contrario, pueden vivir todo lo que los humanos anhelan; las cosas alegres y tristes; efímeras y terroríficas. Sueños de distintos trazos y matices.

De pronto, éste regulador en especial, dentro de su trabajo sin descanso, entra en un sueño con una atmósfera hasta un punto incomparable con los que había entrado en contacto. Lo sabe porque, a pesar de todo, existen semejanzas en las características de los sueños que había monitoreado, hasta lleva una peculiar clasificación de todos ellos; de los cuales, unos le agradan, y otros no tanto. Pero, este sueño en especial, es totalmente nuevo para él, todo lo que le rodea le resulta desconocido, los colores, hasta los aromas que se respiran en el lugar.

Es un sitio con el aire tan denso como el agua misma, figuras semejantes a flores se encuentran volando suavemente de un lado a otro. Pero no sucede nada más, por más que recorre el extenso lugar que comienza a adornarse  con enormes enredaderas que parecen tener vida propia, no encuentra rastros del humano que lo está soñando, pues generalmente en algún punto del sueño se puede encontrar la verdadera figura del ser humano soñante. Pero en esta ocasión, algo no concuerda con todo lo que había visto antes, una inquietud lo invade y de pronto, una vereda que se abre frente a sus ojos, bajo él, piedras que se asemejan al cristal crujen de forma suave con cada paso que da. Una especie de cielo teñido de raras estrellas brillantes que danzan y murmuran conforme se adentra al lugar, se extiende sobre él.

—¿Quién es el autor de éste sueño? —cuestiona al aire.

Generalmente, ante un estímulo, los sueños responden. Pero este, en especial, no lo hace.

Detiene su caminar y analiza la situación, tal vez no se trata de algo importante, es simplemente que ha conocido otro tipo de sueño. El cual, no entra en ninguna clasificación ya hecha por él. Después de pensarlo un momento, se convence, cierto, no es nada importante.

—¿Por qué tanta inquietud? —se pregunta a sí mismo.

Entonces, decide irse de ahí y continuar con el monitoreo, nombraría a ese sueño como blanco y saldría por algún portal que lo conducirá al sueño más cercano. No obstante, de pronto se da cuenta de que no es capaz de abrir ningún portal, comienza a cuestionarse el porqué de la situación e intenta que el creador del sueño sea descubierto.

—No lo intente —de pronto, la voz de una mujer se escucha. Sigue leyendo

Viaje del alma

Mi noción de estar despierto es vaga. En ocasiones puedo pensar y observar libremente el lugar en donde me encuentro, siempre el mismo. Pero, en otras, me pierdo y no recuerdo por cuánto tiempo me he ido.

El suave y tranquilo sonido del bosque me impide sentir otra cosa que no sea serenidad conforme transcurren los días y las noches. El viento sopla en ocasiones, provocando una melodía con todo lo que me rodea. Me ayuda a componer música a mí también, y soy feliz.

No estoy solo, pues me acompañan muchos iguales a mí, extendiéndose hasta donde ya no alcanza mi vista. Todos somos diferentes. ¿Yo? soy alto y de espesa cabellera, estoy orgulloso de lo que soy; no obstante, cuando estoy consciente en medio de la oscura noche, siento algo extraño en mi interior que me dice que he olvidado algo, que tengo que salir de aquí. Me dan ganas de moverme y trasladarme hacia otro lugar a gran velocidad, dejar todo atrás, encontrar algo que ni siquiera estoy seguro de que exista. No puedo. Soy un árbol.

Me desperté otra vez, después de uno de esos profundos sueños que llegan a mí sin aviso alguno. Pero, en ésta ocasión, me sentí acompañado por una suave y dulce voz que hablaba de cosas que por un momento creí entender; y por otro, no:

—Parece que el tiempo no existiera cuando estoy aquí —una jovencita se recarga sobre mí—, y es claro, mientras que mi padre no esté gritándome pareciese que la vida es tranquila. ¡Pero cómo odio mi vida!

Entonces, se deja caer sobre el pasto, junto a mí, y echa la cabeza hacia atrás.

—… todo está mal, triste y gris; sin sabor. Todo parece estar mal, pero cuando llego aquí, los problemas dejan de importarme mucho. Es tan extraño —cierra los ojos.

Siento el calor de su cuerpo al contacto con el mío, es tan cálido que se asemeja al suelo cuando es bañado durante horas por los rayos del sol.

—La vida es un misterio; es tan complicado que nadie ha llegado a resolverlo. Y quienes tratan de explicarlo todo ¿cómo explican lo que no han creado?­ —la miro con detenimiento, es un ser pequeño y hermoso— El hombre siempre busca una explicación para todo, y no ha logrado entender nada, siempre surgen más cuestiones…

Nunca había escuchado otros pensamientos que no fueran los míos, son tan diferentes y no los entiendo completamente. Pero no me inquieto, hay algo muy familiar en ella.

—Es más fácil ser tú —¿me habla a mí?— un gran árbol, sin preocupaciones, sin sentimientos, sin vida—, voltea hacia arriba con una sonrisa.

No es cierto, te equivocas. Estás en un claro error ¿cómo puedes decir eso? Tengo vida, un día nací como tú y crecí constantemente; todo alrededor está vivo.

—Seguro que has estado aquí desde hace años, no has sufrido ni lo más mínimo. No te imaginas cómo es mi vida —no entiendo cómo puedes decir que si no he sufrido, no he vivido—, pero ¿qué estoy haciendo? ¡Ni siquiera me entiendes! —se levanta, me recorre con la vista y, aproximándose con lentitud, extiende sus brazos y rodea lo que puede de mí con ellos. Pone su oído sobre mi corteza.

—Eres un árbol enorme ¿sabes?, no importa que no me entiendas, no importa que no te muevas, no importa que no me hables. Mientras sienta que alguien está escuchándome, no importa que me esté volviendo loca.

Estuvo así un corto tiempo, después, se marchó.

Pensé sobre todo lo que me había dicho, y justo cuando entiendo todo, no entiendo nada. Es la primera vez que la veo, pero presiento que ya ha venido en otras ocasiones, probablemente, cuando estaba dormido. ¿Cuánto tiempo habrá transcurrido? Nunca me lo había preguntado, ni siquiera le había dado importancia.

Después de pasar la noche y la mitad del día, la pequeña joven de cabello marrón llega otra vez; sin embargo, noto algo diferente en su mirada; brota agua de sus ojos. ¿Qué pasará? ¿Algo estará mal?

—Me siento triste, me siento sola, me siento incomprendida. ¡Cómo quisiera morirme! ¡desaparecer! —se desploma sobre el suelo, llorando amargamente.

¡No digas eso! Ningún ser en el mundo debería desear su muerte. ¡Levántate y vive! Entiendo que tu vida no sea fácil, pero no deberías rendirte tan rápido. ¡Escúchame! ¡Deja de llorar!

—Todo está mal, todo está mal… ¡Odio todo! —se levanta, camina y se detiene frente a mí— ¡¡Te odio a ti!!

Una dolorosa punzada me recorre de arriba abajo.

—¡Te odio por ser sólo un estúpido árbol!

Pero yo a ti, no puedo odiarte por ser lo que eres.

—¡Te odio!

¡Yo no puedo odiarte!

—¡Te odio!

¡¡Deja de decirlo!!

—¡Te odio!—me golpea con sus pequeños puños— he venido aquí por dos años, te he contado todos mis problemas, y tú… ni siquiera hablas.

Su llanto se apaga poco a poco, dejando paso a casi imperceptibles gimoteos.

El viento comienza a soplar lentamente haciendo danzar las hojas verdes que yacen en el suelo y la melodía del bosque comienza a cantar en un susurro cálidamente acogedor, enseguida sube el volumen, cantando con más fuerza, luego más fuerte y más fuerte. Las hojas aumentan su movimiento, girando en torno a nosotros, encerrándonos en un torbellino agresivo que pronto termina arremetiendo contra nosotros.

Calma total.

—Pero ¿Qué acaba de pasar? —pregunta ella, sintiéndose desconcertada.

—El espíritu del bosque se ha molestado contigo, y no puedo culparlo…

Un grito se escapó de los labios de la pequeña.

—¿Quién ha sido? —voltea a todos lados, asustada—¡Esto no es gracioso! ¡¿quién está ahí?!

—¿Me has escuchado?

—Sí, te he escuchado, sal de ahí y deja de espiarme —camina alrededor de mí—. No es divertido…

—Aquí estoy, en frente de ti —voltea a verme, incrédula— ¡Ah! no, no, no. Esto no debería estar pasando. No deberías escuchar mi voz. Tú no deberías hablar.

—¡No puede ser cierto! —da un traspié y casi cae al suelo.

—Pase lo que esté pasando, es cierto. Y tú, pequeña, me debes una disculpa.

—¡Ahora sí me volví loca! —pone ambas manos en su cabeza y camina en círculos— He perdido el juicio, me encerrarán en el psiquiátrico y…

La chica balbucea mientras agita los brazos continuamente, de pronto, se detiene en seco y voltea a verme con los ojos muy abiertos.

—¿Desde cuándo?—pregunta— ¿desde cuándo estás consciente?

—Ayer, sí, así es —busco algo más en mis memorias— .Estuve dormido durante dos años, según lo que has dicho. Pero no me pareces una desconocida, creo recordar algunas cosas.

—E-entonces, ¿to-todo éste tiempo has estado escuchándome? —su rostro se sonroja y agacha la mirada—. Perdón…

—Tal vez me odiarías menos si dejaras de contarme tus problemas.

—Entonces, ya no vendré más. —dice con dificultad.

—¿No entiendes? Puedes venir, pero cuéntame lo bueno de ti, deja de llorar y ser tan cobarde.

Por un momento creo que se ha molestado por el comentario pero, para mi sorpresa, comienza a reír y se abalanza hacia mí para darme un efusivo abrazo.

—No puedo creer que esté pasando esto. Es una señal. Tienes razón, eso haré ¡te prometo que a partir de mañana te contaré puras cosas buenas!

Y así fue. A partir del día siguiente comenzó a contarme todo lo alegre que recordaba desde que había nacido; comenzábamos a descubrir un lado diferente de su vida. A pesar de los problemas nuevos que surgían en su caminar diario, ella siempre intentaba darme una buena cara mientras descubría algo positivo a lo que le estaba pasando. Era como si entendiera que hasta las hojas que caen de mí, al suelo, llevan una utilidad más allá de morir; forman parte de la tierra y le brindan nutrientes para dar vida nuevamente.

Los días y las noches transcurrían de forma diferente. Las noches; eternas. Los días; fugaces. Cuando estaba con ella encontraba todo divertido, aprendía cosas nuevas y comprendía que los humanos no eran siempre desdichados y tristes, como algún día lo creí. Cuando ella no estaba me dedicaba a recordarla e imaginar cómo era su vida fuera del bosque, en su hogar, en ese lugar llamado escuela donde aprendía cosas que los humanos habían inventado, y en los parques, donde había árboles como yo conviviendo con humanos día y noche. A veces lo sentía tan real como si ya lo hubiera vivido, como si lo ajeno ya fuera conocido.

No sé cuánto tiempo exactamente ha transcurrido, antes no me importaba, pero ahora más que nunca desearía saber la noción del tiempo, como los humanos. Hace días que ella no se pasa por aquí.

—¿Qué le ha pasado a tu cabello? —pregunto en cuanto la veo llegar.

—Me lo he cortado ¿te gusta? Todas mis amigas me dicen que me veo muy nice con el cabello arriba de mis hombros.

—Te vez muy diferente, por poco no te reconozco.

—Debe ser por el maquillaje, estoy aprendiendo apenas. De eso se trata, verme diferente, de eso se tratan los cambios. ¿Me veo guapa?

—¿Maqui…? Pues detesto los cambios, te vez ridícula con esas manchas en los ojos y…

—¿Y qué? ¿Ahora vas a decirme que fue una tontería cortarme el cabello?

—Pues sí lo fue.

—Pero, ¿cómo esperaba que me entendieras si tú no estás dispuesto a los cambios? ¡Siempre estás en el mismo lugar! —comienza a reír, pero se detiene— .Perdón… fue un mal chiste, creo que me malacostumbro a cuando estoy con mis amigas. Tal vez tengas razón, pero lo hecho,  hecho está.

—No entiendo por qué te tienes que malacostumbrar si son tus amigas, yo creo que los amigos deberían ayudarse a ser mejores.

—Claro, sigue viviendo en un cuento de hadas. —dice en tono sarcástico.

—… como nosotros. —concluyo, con un extraño sentimiento que invade el lugar.

—Hablemos de otra cosa —saca algo de su mochila y comienza a limpiarse la cara— anda, perdona si te he ofendido. Ya me he quitado el maquillaje ¿lo ves?

—Así me gustas más, ven, recárgate un poco en mí —la muchacha obedece con una sonrisa—. Dime, ¿cuánto tiempo ha pasado desde aquello?

—¿Te refieres a cuándo hablamos por primera vez? Ha pasado un año y medio. Más claramente: 547 días. Hoy, primero de julio, es mi cumpleaños 16. ¡Valla! Te conozco desde hace tres años y medio.

Me abraza alegremente diciendo que siempre estaremos juntos. Sonrío, o lo haría si pudiera.

—Feliz cumpleaños —digo y ella voltea a verme— ¿Qué pasa? Tú me has contado que se felicita cuando se cumple años, o al menos ustedes lo hacen.

—Me sorprendiste, gracias —se sienta sobre el pasto y deja que el viento acaricie su rostro— ¿Cuántos años tendrás tú? Te ves muy viejo.

—Pero aún me siento joven, la edad de nosotros es diferente a la suya. Ambos estamos comenzando a vivir.

—Con que apenas comenzamos a vivir… —recarga nuevamente su espalda en mi tronco y cierra los ojos como dispuesta a dormir por un largo tiempo. Su rostro angelical es adornado por algunos rayos de sol que se escaparon de entre  mi follaje de hojas; su cabello se balancea al son de la música que produce el bosque; su cuerpo ha crecido un poco, pero sigue siendo pequeña ante mis ojos. Como desearía poder continuar la vida entera junto a ella. Como desearía que jamás tuviera que separarme de ella.

Todo comienza a desvanecerse, tornándose oscuro, y también el sonido se apaga.

Desperté después de haber tenido un sueño extraño, miré alrededor y noté un gran cambio en el bosque,  ahora escasea el verdor; la cantidad de árboles ha disminuido considerablemente. El bosque está muriendo.

—Pero, ¿qué ha pasado aquí? —pregunto sin recibir respuesta.

No sé por cuanto tiempo dormí. Tal vez fueron días, meses o hasta años. ¿Dónde está ella? Comienzo a preocuparme. ¡No debí haber dormido!

—Han sido ellos —dice una voz misteriosa—, los humanos invaden territorio, no les importa lastimarnos. Son seres traicioneros, gracias a nosotros viven y los malagradecidos nos destruyen poco a poco.

—Pero, no todos son iguales. Ella es diferente —le contesto al viejo roble que se encuentra a unos metros de mí.

—Si es ella tan diferente, haz que detenga esto. Demuéstrame que es distinta.

—Lo haré, ella detendrá ésta locura.

El tiempo sigue su rumbo con pesadez, cada vez que el sol llega a la cima del cielo yo presto atención a lo que sucede en el bosque. Sin embargo, entre más días pasan, mi esperanza se apaga poco a poco. “Es diferente, es diferente…” me repito.

—El último sueño que tuve fue extraño, me encontraba encerrado en un lugar sin cielo. Todo era de color blanco y mi cuerpo era distinto, alrededor de mí había personas llorando y mencionando un nombre que no recuerdo. Me tocaban, me abrazaban y platicaban cosas que no entendía. Un sonido molesto era el que predominaba en el lugar. Pip, pip, pip

—Un hospital, soñaste con un hospital —la dulce voz de ella suena cerca de mí.

—¡Estás aquí! ¡Volviste! —expreso con suma alegría— …has cambiado.

—¿Cuánto tiempo pensabas dormir? Ha pasado un año, pensé que jamás regresarías —su voz se entrecorta—.Tengo tantas cosas buenas que contarte —se limpia las lágrimas y me abraza con ternura.

—Yo tengo una petición que hacerte. —sentencio con seriedad.—Tienes que salvar el bosque, o lo que queda de él. ¡Está muriendo!

—No, es imposible. Nadie puede contra los taladores clandestinos.

—Entonces despídete de mí, no me queda mucho tiempo

—No digas eso, te salvaré a ti —pero me niego—, ¿cómo le voy a hacer?

—Encontrarás la forma, ¡Corre! ¡No vuelvas hasta que tengas una solución!

Y empieza a correr hasta que la pierdo de vista. Sus ojos lloraban y sus manos temblaban al despedirse, dijo que podía pasar mucho tiempo antes de ver resultados. Pero aun así no cambié de decisión, ella no podría volver hasta cumplir la promesa. Entonces, le demostraría al bosque y al mundo entero que ella era diferente.

Apenas brotó el alba en el cielo y esos taladores aparecieron, sin remordimiento alguno comenzaron a cortar aquellos árboles que me habían acompañado desde hace años. Aquellos árboles que habían soportado tormentas, nevadas y lluvias torrenciales. Aquellos árboles que daban vida al bosque, a los animales y hasta a los mismos verdugos que los están sentenciando a muerte.

Observé al viejo roble que me advirtió tiempo atrás. Unos hombres se acercan a mí con grandes hachas para cumplir con su tarea. Recuerdos fugaces llegan a mi mente mientras perforan poco a poco mi corteza, el dolor que se siente es profundo, sofocante. Todas mis ramas se estremecen. El corte es tan hondo que siento que mi alma está a punto de romperse en pedazos. Me desplomo en el suelo. Un terrible vértigo invade todo mi cuerpo y comienzo a perder el conocimiento. Te extrañaré…

—¡Ha despertado! ¡Ha despertado! —grita una voz— vengan, acérquense.

Un conjunto de personas me miran curiosamente, unos sonriendo, otros llorando.

—¿Dónde estoy?  —observo la habitación, a los residentes, y a mí mismo.

—Tranquilo hijo, tuviste un accidente automovilístico hace 4 años. Has estado inestable desde entonces, pero sabíamos que te recuperarías…

—Shht, demasiada información, no lo agobies, mujer —la sentencia un hombre de avanzada edad.

Así, persona tras persona, se acercan a hablarme como si me conocieran desde siempre. Un sujeto de vestimenta blanca pide que me dejen descansar.

Después de mi recuperación, mi familia y yo nos trasladamos al pueblo natal de mi padre. Un lugar pacífico en vías de desarrollo donde, según mis padres, podremos pasar unas tranquilas vacaciones invernales.

Camino por las calles del pintoresco poblado. Llego hasta una reserva ecológica como atraído por una fuerza magnética. Observo el paisaje que se extiende detrás de una enorme malla que protege el lugar.

—¿Se te ofrece algo? —una joven de largo cabello marrón se dirige a mí con autoridad— .No eres de aquí ¿cierto?

—¿Nos conocemos? —pregunto al instante que nuestras miradas se cruzan y nos rodea una ligera brisa otoñal.

—No estoy segura…—el canto del bosque, en sintonía con esa agradable y dulce voz, denota un misterio ansioso por ser resuelto. —¿Tú eres…?

Ahnira Sang